Regnum Christi Internacional

El valor de la comunidad en la misión evangelizadora

Allí donde Cristo reúne, une y envía, la comunidad se constituye en cuerpo apostólico: una red viva de comunión y misión que, en medio de las heridas del mundo, permanece como signo de esperanza.
El valor de la comunidad en la misión evangelizadora

En la vida y la misión de la Iglesia, la comunidad no es un mero accesorio ni un simple apoyo operativo: es el lugar donde el Evangelio se encarna, se discierne y se anuncia con credibilidad. Desde los primeros años del cristianismo, Jesús no envió discípulos aislados, sino comunidades reunidas en torno a Él, llamadas a reflejar en su vida común el Reino que proclamaban. Así nacieron las primeras comunidades de apóstoles: grupos de creyentes unidos por la fe, el amor fraterno y el envío misionero. Hoy, en medio de nuestro mundo fragmentado y fatigado, esta convicción sigue mostrándose decisiva: la evangelización nace de la comunión y se sostiene en ella. ¿Cómo se puede vivir esto en la vida cotidiana? ¿Cómo se vuelve una comunidad en vida, de sostén e impulso para cada uno?

Toda comunidad de apóstoles nace de un encuentro transformador con Cristo: Él es quien convoca, reúne y envía, y en ese encuentro los discípulos descubren una doble vocación inseparable: vivir en comunión con Él y anunciar su Reino al mundo. Por eso la comunidad no es simplemente una agrupación de creyentes, sino el espacio donde se aprende a compartir la fe, a crecer en la caridad y a reflejar juntos el amor de Dios.

Desde los orígenes de la Iglesia, las comunidades cristianas han sido signo visible del Reino, sostenidas por la oración común, la escucha de la Palabra, la Eucaristía y el servicio a los más necesitados; animadas por el Espíritu Santo —verdadero protagonista de la evangelización —, crecen, se renuevan y se abren más allá de sus propios límites, convirtiéndose en una red viva de fraternidad que evangeliza tanto por su palabra como por su vida, mostrando que el amor, la unidad y el servicio siguen siendo el lenguaje más creíble del Evangelio.

En el contexto del ensayo sobre las comunidades de apóstoles, cuatro voces del Regnum Christi — Ilona Kiesconsagrada; el P. Demetrio Navarrete, sacerdote de los legionarios de Cristo; Guillermo Campillo, laico consagrado; y Lorena Pérez, laica que vive en España — comparten cómo la comunidad los sostiene, los purifica y los relanza en su misión cotidiana.

El valor de la comunidad en la misión evangelizadora
Ilona Kies, al centro, comenta que en una comunidad se brinda la oportunidad de crear espacios para encontrarse con Cristo. (Crédito de la imagen: Ilona Kies)

Ilona Kies  «Llevar presencia en medio de las heridas»

Para Ilona, la comunidad se revela como un lugar donde el envío misionero se traduce en gestos concretos, especialmente en medio de las heridas del mundo. En la vida ordinaria, dice, el envío se hace visible en algo tan sencillo como «escuchar sin juzgar»: escuchar a quienes sufren, sufrir con ellos, rezar con ellos en su sufrimiento y crear espacios donde sea posible encontrarse con Jesús en medio de esas heridas.

Esos espacios no nacen de estrategias, sino de la escucha y del encuentro personal o comunitario con el Señor, en el que Él puede entrar en la vida de las personas y hacerse presente. Por eso, Ilona subraya que la evangelización no se trata de perfección, sino de presencia: de volver una y otra vez a la presencia de Cristo en este mundo, especialmente allí donde la realidad duele.

También reconoce que el cansancio es parte del camino de todo apóstol. En su experiencia, ese cansancio suele aparecer cuando uno intenta cargar con las heridas del mundo y resolver situaciones que, en realidad, no le corresponden. Es justo ahí donde resulta esencial volver a colocar a Cristo en el centro del corazón y de la comunidad. «Ponerlo en el centro» — explica — significa apoyarse en Él, dejar que cargue con lo que uno no puede y ayudar a otros a hacer lo mismo. Entonces el objetivo ya no es resolverlo todo, sino permanecer con Él, confiar, estar presentes y hacerlo presente. Es así como el cansancio comienza a transformarse en ofrenda y esperanza.

Mirando la cultura actual, marcada por la polarización y la confrontación, Ilona vuelve al punto de partida: la respuesta es Jesús mismo. Él es quien da la alegría y los frutos del Espíritu Santo, que brotan de su presencia. Pero la gracia pide cooperación, y esa cooperación se concreta — una vez más — en la escucha. Una escucha auténtica que intente comprender de dónde nace la polarización, sabiendo que toda postura u opinión tiene una razón de fondo. Cuando uno escucha de ese modo, se abre un camino para seguir siendo testigo de esperanza: cuanto más nos comprendemos, más capaces somos de mirarnos con misericordia.

El valor de la comunidad en la misión evangelizadora
Para el P. Demetrio Navarrete, L.C. — el último a la derecha —, toda comunidad es un apoyo esencial para la misión. (Crédito de la imagen: Regnum Christi México)

P. Demetrio Navarrete, L.C.  «Una comunidad que sostiene»

El P. Demetrio encuentra en la vida comunitaria un apoyo decisivo para crecer como apóstol. Reconoce que podría enumerar muchos elementos — desde lo espiritual hasta la formación comunitaria —, pero destaca especialmente dos: la escucha y los retiros vividos en comunidad.

Escuchar lo que hacen sus hermanos en su trabajo apostólico, acoger los testimonios de padres de familia que visitan la comunidad o leer noticias de otras localidades le permite ver todo lo que el carisma del Regnum Christi puede aportar. Le ayuda a descubrir que, sin «romper» con la propia identidad por querer innovar, hay un camino amplio para dar mucho y darlo bien. Los momentos de retiro en comunidad, por su parte, renuevan la disposición del alma: orar juntos, escuchar temas que recuerdan el sentido de la vida religiosa y volver a centrarse en lo esencial fortalecen su identidad apostólica.

El P. Demetrio no oculta que el apostolado es exigente. Reconoce que algo propio de cada legionario es esa disposición a «desgastar el tiempo» en el apostolado, pero también sabe que ello genera desgaste humano y psicológico. Por eso, la comunidad se convierte para él en un apoyo esencial, un lugar de fraternidad donde la escucha, la cercanía y la vida compartida sostienen la entrega apostólica.

Más allá del apoyo en la oración y en el trabajo apostólico, su comunidad le ofrece una experiencia concreta de fraternidad: una vida compartida que, aun con sus diferencias, se vive desde el respeto, la escucha y la buena disposición, y que termina por renovar a cada uno. El P. Demetrio siente que esa experiencia fraterna lo renueva. Desde ahí, la comunidad no solo acompaña su misión, sino que también la hace posible a largo plazo.

El valor de la comunidad en la misión evangelizadora
Guillermo Campillo — al centro — reconoce que sería imposible vivir la misión por sí solo; se necesita una comunidad. (Crédito de la imagen: Regnum Christi México)

Guillermo Campillo  «No sería evangélico vivir la misión solo»

Para Guillermo Campillo, su jornada es un recuerdo constante de que su consagración es una misión compartida. A veces es una conversación sencilla; otras, un mensaje de alguien que conoció hace años y que sigue en su camino. Lo vive en la Eucaristía, en la oración en comunidad, en el acompañamiento a las personas. Frente a esto, reconoce con claridad: sería imposible vivir su misión «solo»; no le parecería evangélico.

Jesús envió a sus discípulos de dos en dos y Guillermo constata cada día que su misión personal solo cobra sentido en comunión con otros. Ver cómo su entrega se entrelaza con la de tantas personas — cada una con su historia, su forma de amar y servir — le hace descubrir que realmente son un cuerpo apostólico, una familia que se necesita mutuamente. 

En su mirada, la oración comunitaria ocupa un lugar clave. Es el momento en el que vuelve a escuchar que Dios es quien reúne y envía, que la misión no nace de estrategias humanas, sino de su iniciativa. En la comunidad aprende a mirar a los demás con los ojos de Cristo, a agradecer sus dones y a sostenerse en la fe de los demás cuando la propia flaquea. En la oración compartida renueva la certeza de que Cristo está en medio de ellos, que Él sigue guiando, convirtiendo los límites en lugar de gracia.

Lo que más lo motiva a vivir sus responsabilidades con espíritu de servicio y misión es la capacidad de seguir maravillándose del amor de Dios, de cómo actúa en lo oculto y de los «milagros discretos» que obra en las personas. Incluso ante las debilidades o diferencias, constata que el amor de Cristo es más fuerte y lo une. Esta conciencia devuelve la alegría en medio del cansancio o de la incertidumbre.

Ser parte de una comunidad de apóstoles le enseña que la misión no es simplemente «hacer cosas», sino vivir en clave de entrega y comunión: dejar que Cristo ame y sirva a través de ellos. Y cuando esto se olvida, basta con volver a la fuente: la oración, la Eucaristía, la amistad. Ahí renacen la pasión, la esperanza y la certeza que sostiene todo: el Reino crece no por sus fuerzas, sino por la gracia que actúa en medio de ellos.

El valor de la comunidad en la misión evangelizadora
Lorena, la tercera de la derecha a la izquierda, con su equipo de Regnum Christi. Para ella, la vida de un equipo va más allá de compartir actividades. Es compartir la vida. (Crédito de la imagen: Lorena Pérez)

Lorena Pérez  «Un lugar donde vuelvo a respirar»

En la experiencia de Lorena Pérez, laica del Regnum Christi en España, la comunidad es, ante todo, un lugar donde volver a respirar. Cuando algún apostolado parece no avanzar, simplemente recordar que Cristo mismo las ha reunido como equipo le da una paz especial. No están juntas por casualidad: Dios sabe lo que cada una necesita y lo que cada una puede dar. En momentos de desánimo, pensar en esto la sostiene; si Él las ha puesto juntas, Él mismo sacará fruto, aunque ahora no sea visible.

Para ella, la vida de un equipo va más allá de compartir actividades. Es compartir la vida. Ve al equipo como una comunidad que Cristo ha formado con paciencia, reuniendo historias distintas y uniendo los pasos. En un equipo así, se escuchan sin juzgar, celebran lo bueno y acompañan lo difícil. Cada persona puede ser ella misma, con sus talentos y límites, porque sabe que el Señor la ha querido ahí, junto a esas personas. No es una reunión más en la semana, sino un regalo para caminar juntas hacia Él.

El equipo se convierte en una comunidad de apóstoles cuando reconoce que Cristo también las envía. Y ese envío se concreta en cosas sencillas: escuchar, servir, acompañar, estar atentas a quien necesita una palabra o una oración. Para Lorena, «hacer presente el Reino de Cristo» significa dejar que la presencia que experimentan en el equipo se perciba también en el hogar, en el trabajo, en las amistades. No a través de grandes discursos, sino mediante gestos cotidianos que traen paz, esperanza y luz.

Si Cristo las reunió, también quiere llegar a otros a través de lo que viven cada día. De ese modo, la comunidad no solo sostiene la fe de cada una, sino que también se convierte en un signo concreto de la acción de Dios en medio de la vida ordinaria.

Una red de comunión y misión

Las aportaciones de Ilona Kies, el P. Demetrio Navarrete, L.C., Guillermo Campillo y Lorena Pérez permiten redescubrir que la comunidad no es un adorno opcional de la vida cristiana, sino el lugar donde la misión se encarna y se sostiene. En ella se aprende a escuchar sin juzgar, a acompañarse en el cansancio, a volver a colocar a Cristo en el centro cuando las fuerzas flaquean, a reconocer la acción discreta de la gracia y a confiar en que el Reino crece también en lo escondido. Allí donde Cristo reúne, une y envía, la comunidad se constituye en cuerpo apostólico: una red viva de comunión y misión que, en medio de las heridas del mundo, permanece como signo de esperanza.

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