Regnum Christi Internacional

Un diplomado aborda cómo evangelizar en una cultura que «ha cambiado de piel»

Cómo evangelizar en una cultura que «ha cambiado de piel»

¿Qué significa afirmar que vivimos un cambio de época? La expresión se ha vuelto frecuente en los últimos años y también aparece en el comunicado final de la Convención General del Regnum Christi de 2024, que invita a mirar con profundidad «el mundo al que Dios nos envía hoy» y a discernir cómo responder a él como familia espiritual y como cuerpo apostólico. Sin embargo, hablar de un cambio de época implica mucho más que reconocer que la sociedad experimenta transformaciones aceleradas o que asistimos a una sucesión particularmente intensa de acontecimientos.

Una cultura que ha cambiado de piel

La expresión apunta a una modificación más profunda: están cambiando las categorías con las que las personas interpretan la realidad, los lenguajes con los que expresan sus búsquedas y temores y las sensibilidades desde las que construyen su relación consigo mismas, con los demás y con Dios.

Para Marta Rodríguez, consagrada del Regnum Christi, directora del diplomado y profesora de antropología, género y feminismo, esta es precisamente una de las claves fundamentales para comprender la misión de la Iglesia en el presente. «No nos encontramos simplemente ante una época de cambios, sino ante un verdadero cambio de época», explica. Se trata de una transformación que afecta la sensibilidad, el lenguaje y los marcos culturales desde los que las personas comprenden su existencia. Incluso cambian, señala, las «palabras talismán» de las que habla el filósofo español Alfonso López Quintás, aquellas palabras que en cada momento histórico parecen conferir legitimidad a todo lo que se aproxima a ellas y suscitan sospecha hacia aquello que se percibe distante de su horizonte de significado.

Esta transformación cultural va acompañada de otro fenómeno decisivo: la secularización. La sociedad contemporánea ya no puede describirse, al menos en amplios sectores de Occidente, como una sociedad culturalmente cristiana. Muchos de los referentes compartidos que durante siglos sirvieron de marco para interpretar la realidad han dejado de ser evidentes y la fe ya no constituye el lenguaje espontáneo desde el que una gran parte de las personas comprende el sentido de la vida. La cultura, en palabras de Marta Rodríguez, «ha cambiado de piel», y esa constatación plantea una pregunta profundamente apostólica: ¿cómo anunciar la verdad de Jesucristo en una tierra que ya no piensa, siente ni se relaciona como hace apenas unas décadas?

Precisamente la imagen de la tierra y la semilla atraviesa buena parte de la reflexión del diplomado “Diálogo en una cultura postmoderna” y ofrece una clave especialmente iluminadora para comprender la tarea evangelizadora de la Iglesia. La semilla sigue siendo el Evangelio, con toda su capacidad para fecundar la vida humana. La tierra, en cambio, es la cultura concreta en la que viven las personas, con sus preguntas, lenguajes, búsquedas y sensibilidades. También son tierra las experiencias que han configurado a las nuevas generaciones y los marcos desde los que intentan comprender su identidad y su lugar en el mundo. Conocer esa tierra se convierte, por tanto, en una exigencia profundamente apostólica, pues la fecundidad de la siembra está estrechamente vinculada a la capacidad de comprender el contexto humano en el que la semilla es acogida.

Cómo evangelizar en una cultura que «ha cambiado de piel»
Marta Rodríguez, consagrada del Regnum Christi. (Crédito de la imagen: Regnum Christi México)

Cuando la diferencia se convierte en amenaza

Mirar con profundidad el mundo al que Dios envía hoy al Regnum Christi supone, precisamente, aprender a reconocer las dinámicas que moldean la vida de las personas. Entre ellas, la más visible es la polarización. El P. Gabriel Wendt, L.C., profesor de filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum y director del Diplomado, observa que en múltiples ámbitos de la vida contemporánea existe una tendencia creciente a interpretar la realidad mediante categorías contrapuestas y excluyentes. La existencia de opiniones diversas y de posiciones bien definidas forma parte de la vida social y puede convertirse en una ocasión privilegiada de crecimiento común. La dificultad aparece cuando la diferencia deja de percibirse como una oportunidad de búsqueda compartida y comienza a entenderse como una amenaza.

«Lo problemático es la tendencia a demonizar la posición opuesta hasta el punto de que el diálogo deja de considerarse un bien», explica el P. Gabriel. Esta observación ayuda a comprender algunos de los rasgos más característicos de la cultura contemporánea. Con frecuencia, el otro deja de aparecer como interlocutor capaz de enriquecer la propia mirada y se transforma en el representante de una postura que debe neutralizarse, corregirse o desacreditarse. La diferencia deja de suscitar curiosidad intelectual y pasa a ser motivo de sospecha. Poco a poco, la polarización abandona el ámbito de las ideas y termina por configurar una determinada manera de relacionarse con la realidad.

Sonia González Iglesias, profesora del diplomado y directora de Crescente (una consultoría especializada en transformación cultural, organizacional y liderazgo educativo), describe esta situación con una imagen particularmente sugerente. A su juicio, muchas conversaciones se han convertido en auténticas trincheras. La expresión refleja la experiencia de una cultura en la que el intercambio de ideas se desarrolla con frecuencia desde posiciones previamente establecidas y en la que el encuentro cede su lugar a la confrontación. La polarización, explica, expresa en el fondo «un modo de estar cerrado al mundo, a los demás y a Dios». La dificultad principal no radica únicamente en la existencia de opiniones diversas, sino en la progresiva pérdida de la capacidad de considerar al otro como alguien de quien todavía es posible aprender.

Detrás de este fenómeno aparece, además, una experiencia profundamente humana: el miedo. Miedo a perder las propias seguridades, miedo a ser cuestionados, miedo a reconocer la complejidad de la realidad y miedo, en último término, a que el encuentro transforme la propia mirada. El P. Gabriel considera que, precisamente aquí, se encuentra uno de los grandes desafíos del momento. Por eso insiste en la necesidad de recuperar la valentía: la valentía para afrontar posiciones contrarias, para salir de los propios sesgos, para abrirse a verdades incómodas y para afrontar, junto a otros, la realidad con sus dones y sus riesgos.

Sin embargo, la descripción de estas tensiones no conduce a una lectura pesimista de la cultura contemporánea. Las fracturas, las incertidumbres y las polarizaciones del presente revelan también la existencia de búsquedas profundas y la persistencia de las grandes preguntas humanas. El cambio de época al que se refiere la Convención General constituye, ciertamente, un desafío que interpela a la Iglesia y a su misión evangelizadora, pero constituye al mismo tiempo el lugar concreto donde Dios sigue esperando a sus discípulos y el terreno en el que continúa llamando al Regnum Christi a sembrar la semilla del Evangelio. Comprender la cultura de nuestro tiempo no representa, por tanto, un ejercicio meramente intelectual; forma parte de la responsabilidad apostólica de quienes desean anunciar a Jesucristo en la tierra concreta donde hoy viven las personas y donde sigue desarrollándose la historia de la salvación.

La verdad se propone mejor cuando encuentra un corazón dispuesto a escuchar

La transformación cultural que caracteriza nuestro tiempo plantea inevitablemente otra pregunta: ¿de qué manera puede anunciarse la verdad de Jesucristo en una sociedad que mira con desconfianza las grandes afirmaciones universales, que sospecha de los discursos de autoridad y que, al mismo tiempo, continúa buscando respuestas a las preguntas más profundas de la existencia? El Diplomado en cultura, diálogo y evangelización parte precisamente de esta inquietud y propone una convicción que atraviesa las reflexiones de sus profesores: el diálogo y la verdad no son realidades contrapuestas. Al contrario, la escucha auténtica constituye uno de los caminos privilegiados para que la verdad sea reconocida como significativa en la vida de las personas.

Esta afirmación adquiere una importancia particular porque una de las tensiones más frecuentes en algunos ambientes culturales y eclesiales consiste en presentar el diálogo y la claridad de la propuesta cristiana como si pertenecieran a lógicas incompatibles. En ocasiones, se contrapone la escucha a la identidad, la apertura al encuentro a la firmeza de las convicciones, o el diálogo a la proclamación de la verdad. Para Marta Rodríguez, esta forma de plantear la cuestión parte de un supuesto equivocado. «Tenemos que ser capaces de proponer la verdad que nos hace libres, pero es imposible hacerlo sin escucha», afirma. La escucha aparece, así como una condición para la evangelización y como una expresión concreta de la atención que la Iglesia está llamada a prestar a las preguntas, búsquedas y experiencias de las personas de cada época.

Cómo evangelizar en una cultura que «ha cambiado de piel»
P. Gabriel Wendt, L.C. (Crédito de la imagen: Regnum Christi México)

La imagen de la tierra y la semilla vuelve a ofrecer aquí una clave especialmente iluminadora. La semilla sigue siendo el Evangelio y conserva toda su capacidad para fecundar la vida humana. La tierra es la cultura concreta en la que viven las personas, con sus experiencias, preguntas, heridas y anhelos. También son tierra las nuevas sensibilidades antropológicas y los marcos desde los cuales hombres y mujeres intentan comprender quiénes son y hacia dónde orientar sus vidas. Conocer esa tierra, comprender sus lenguajes y aprender a leer las inquietudes que la atraviesan se convierte en una exigencia profundamente apostólica, porque la propuesta del Evangelio alcanza toda su fuerza cuando se encuentra con las preguntas reales que habitan el corazón humano.

Esta perspectiva también modifica la manera de comprender el propio diálogo. La escucha deja de aparecer como una simple estrategia de comunicación o como un recurso pedagógico especialmente útil en el contexto contemporáneo. Se convierte en una expresión de la propia condición humana. «Antes de ser una competencia — o incluso antes de ser una habilidad —, el diálogo es una condición de nuestra humanidad», afirma Sonia González Iglesias. La persona humana está hecha para el encuentro. La propia identidad se construye en relación y la existencia adquiere su forma concreta a través del vínculo con los demás. El diálogo surge precisamente de esa estructura relacional que atraviesa toda experiencia humana y hace posible el crecimiento, el aprendizaje y la búsqueda compartida de la verdad.

Desde esta perspectiva, la dificultad actual para dialogar adquiere una dimensión particularmente significativa. Vivimos en una época marcada por enormes posibilidades de comunicación y, al mismo tiempo, por crecientes dificultades para escuchar verdaderamente. Las conversaciones se desarrollan con frecuencia en la superficie de los acontecimientos y avanzan al ritmo de la inmediatez. La velocidad de las reacciones, la lógica de la confrontación y la necesidad permanente de tomar posición terminan reduciendo el espacio disponible para la escucha, la reflexión y el encuentro. Sonia González observa que muchas veces las personas entran en relación desde la convicción previa de que la verdad ya está completamente de su lado y desde la expectativa de que la conversación servirá para confirmar esa certeza. En estas condiciones, la escucha se debilita y el diálogo se transforma fácilmente en un conjunto de monólogos simultáneos.

La búsqueda de la verdad en tiempos de sospecha

A esta dificultad se suma otro rasgo particularmente característico de la cultura contemporánea: la sospecha de la propia idea de la verdad. El P. Gabriel recuerda que la pregunta acerca de la posibilidad de conocer la verdad acompaña a la filosofía desde sus orígenes y que, en distintos momentos históricos, han surgido corrientes de pensamiento que cuestionan la capacidad humana para acceder a ella. En la actualidad, esta duda ha adquirido nuevos matices. Junto a la incertidumbre acerca de la posibilidad de conocer la verdad aparece también la sospecha de que todo discurso que pretende presentarse como verdadero encubre, en el fondo, una voluntad de manipulación, dominio o imposición.

La observación resulta particularmente relevante para la evangelización. El hombre y la mujer contemporáneos suelen recibir con cautela cualquier afirmación que parezca clausurar el diálogo o exigir una adhesión inmediata. La experiencia histórica ha mostrado que el lenguaje de la verdad puede utilizarse de manera reductiva o autoritaria, y esta constatación ha alimentado una profunda desconfianza hacia las afirmaciones universales. Sin embargo, el P. Gabriel advierte que el uso inadecuado de la idea de la verdad no elimina la capacidad humana para reconocerla. La tradición filosófica realista, con la que el Magisterio de la Iglesia ha dialogado de manera especialmente fecunda, sostiene con precisión que el ser humano sí puede conocer la verdad y que esta capacidad forma parte de su propia dignidad racional.

Ahora bien, el acceso a la verdad no se produce de manera automática ni de forma aislada. Supone un trabajo intelectual exigente y una disposición permanente al encuentro con la realidad y con los demás. «Nuestro modo ordinario de acercarnos a la verdad no es por intuición, inspiración o repetición de argumentos de autoridad, sino por un pensamiento racional que implica siempre el diálogo con otros», explica el P. Gabriel. Pensamos a partir de las palabras que hemos recibido, aprendemos a partir de la experiencia compartida, contrastamos nuestras intuiciones y ampliamos nuestra comprensión gracias al encuentro con perspectivas distintas de las propias. La búsqueda de la verdad posee, por tanto, una dimensión profundamente relacional.

Esta convicción permite comprender por qué el diálogo y la verdad se reclaman mutuamente. El diálogo auténtico no representa una renuncia a las convicciones ni una forma de relativismo en la que todas las posiciones resulten equivalentes. La apertura al encuentro nace precisamente de la confianza en que la realidad es inteligible y en que las personas pueden avanzar juntas hacia una comprensión más profunda de la verdad. La escucha deja de ser un simple gesto de cortesía y se convierte en una actitud intelectual y espiritual marcada por la humildad y por la esperanza.

La humildad ocupa aquí un lugar decisivo. Sonia González habla de una «humildad metafísica», es decir, de la conciencia de que toda comprensión humana es limitada y de que el encuentro con el otro puede revelar dimensiones de la realidad que permanecían ocultas a nuestra propia mirada. Esta actitud modifica radicalmente la manera de situarse ante la conversación y la cultura. El otro deja de aparecer como un obstáculo para la propia certeza y se convierte en alguien capaz de ampliar el horizonte de comprensión, de interpelar las propias categorías y de abrir nuevas posibilidades de encuentro con la verdad.

La reflexión de Marta Rodríguez introduce, en este punto, otro elemento de gran importancia para la evangelización contemporánea. La verdad cristiana no se presenta simplemente como un conjunto de afirmaciones que llegan desde fuera y se añaden a la vida de las personas. También existe una verdad inscrita en el corazón humano. Dios ha creado al hombre con la capacidad de reconocer aquello para lo que ha sido hecho y de percibir, de múltiples maneras, la llamada al bien, al amor y al sentido. Por eso, la propuesta cristiana también tiene la forma de un descubrimiento. Evangelizar significa ayudar a las personas a reconocer las preguntas que habitan en ellas y acompañarlas en el proceso de descubrir cómo el Evangelio responde a las aspiraciones más profundas de su propia humanidad.

En este contexto, el diálogo adquiere una dimensión profundamente esperanzadora. Escuchar a las personas significa reconocer que su experiencia está habitada por preguntas auténticas y por una búsqueda de sentido que merece ser tomada en serio. Significa confiar en que la realidad continúa hablando y en que el corazón humano conserva una profunda apertura hacia la verdad. Significa también creer que la semilla del Evangelio sigue encontrando una tierra capaz de acogerla y de dar fruto. Precisamente por ello, la escucha se convierte en una de las expresiones más concretas de la caridad intelectual y pastoral que la Iglesia está llamada a vivir en el cambio de época al que alude la Convención General del Regnum Christi.

Cómo evangelizar en una cultura que «ha cambiado de piel»
Sonia González Iglesias. (Crédito de la imagen: Regnum Christi México)

El campo está listo para la siega

La lectura cultural que propone el Diplomado conduce, finalmente, a una conclusión particularmente significativa para la misión del Regnum Christi. Las transformaciones antropológicas, las nuevas sensibilidades, la fragmentación social y la polarización que caracterizan al momento presente podrían favorecer una percepción predominantemente negativa de la realidad contemporánea. De hecho, esta mirada aparece con cierta frecuencia en algunos ambientes educativos y pastorales, donde el cambio de época se interpreta principalmente desde la lógica de la pérdida: la pérdida de referentes compartidos, de lenguajes comunes, de certezas culturales o de condiciones que en otros momentos parecían más favorables para la transmisión de la fe. Sin embargo, una de las experiencias más interesantes que relatan los profesores del diplomado consiste precisamente en el descubrimiento de una mirada distinta sobre el presente.

Marta Rodríguez explica que muchos participantes llegan al programa con una visión tendencialmente pesimista del contexto cultural actual y terminan experimentando una profunda transformación en su manera de leer la realidad. Algunos expresan esta experiencia mediante una imagen muy gráfica: la sensación de haber vivido durante años bajo una especie de «nube de pesimismo» respecto a la cultura contemporánea. El itinerario formativo les permite descubrir que las tensiones y crisis de nuestro tiempo no constituyen únicamente un conjunto de problemas que deben afrontarse, sino también un espacio lleno de posibilidades apostólicas. La cultura actual aparece ciertamente atravesada por incertidumbres y fragmentaciones profundas, pero, al mismo tiempo, deja ver una intensa búsqueda de sentido y una nueva disposición para formular preguntas fundamentales sobre la vida humana.

Esta transformación de la mirada resulta especialmente importante porque modifica la manera de situarse ante el presente. El cambio de época deja de percibirse exclusivamente como un escenario adverso y comienza a contemplarse como el lugar concreto donde Dios sigue llamando a la Iglesia a anunciar el Evangelio. «Creemos, desde la fe, que no hay mejor momento que el aquí y ahora para evangelizar y proponer la verdad de Jesucristo», afirma Marta Rodríguez. La afirmación no nace de un optimismo ingenuo ni de una lectura superficial de la realidad. Surge de la convicción de que la historia concreta en la que viven las personas constituye siempre el espacio donde la gracia actúa y donde el Evangelio continúa encontrando corazones abiertos a la verdad y al encuentro con Dios.

Las nuevas generaciones quizá sean uno de los ámbitos en los que esta búsqueda se vuelve más visible. Desde su experiencia docente, Marta Rodríguez percibe entre los jóvenes una gran inquietud en torno a la identidad, la libertad, el amor y el sentido de la vida. Las preguntas sobre el sexo y el género, sobre la posibilidad de construir relaciones duraderas, sobre el futuro laboral y económico, sobre la paz, la justicia o el cambio climático forman parte del horizonte vital de muchos jóvenes y expresan, en el fondo, una búsqueda de significado y orientación. Se trata de preguntas profundamente humanas que manifiestan el deseo de comprender quiénes son, cómo construir una vida lograda y cuál es el lugar que ocupan en un mundo caracterizado por cambios rápidos y por un notable incremento de la incertidumbre.

Precisamente aquí el P. Gabriel identifica uno de los signos más esperanzadores del momento presente. A su juicio, en las sociedades occidentales crece el deseo de encontrar respuestas fundadas, inteligentes y aplicables. La observación resulta particularmente relevante porque cuestiona la imagen de una generación instalada en la indiferencia religiosa o en la falta de interés por las grandes cuestiones de la existencia. La experiencia educativa y pastoral muestra, más bien, la presencia de una profunda sed de sentido y de un deseo genuino de comprender la realidad de manera más plena. Las preguntas siguen existiendo y, en muchos casos, se formulan con una intensidad notable. Lo que con frecuencia escasea son los espacios donde estas búsquedas puedan ser acogidas, acompañadas y desarrolladas en profundidad.

Esta constatación lleva al P. Gabriel a considerar la evangelización universitaria y el acompañamiento intelectual de las nuevas generaciones entre los campos apostólicos más prometedores de la actualidad. El contexto cultural contemporáneo ofrece abundancia de información, una extraordinaria capacidad de acceso al conocimiento y múltiples posibilidades de comunicación. Sin embargo, la experiencia humana sigue necesitando tiempos y lugares en los que sea posible reflexionar, dialogar, aprender y poner a prueba las propias preguntas. La búsqueda de sentido requiere espacios de encuentro, interlocutores capaces de escuchar y comunidades donde las grandes cuestiones de la vida puedan explorarse con paciencia, respeto y apertura a la verdad.

Cómo evangelizar en una cultura que «ha cambiado de piel»
Uno de los módulos del diplomado en México. (Crédito de la imagen: Regnum Christi México)

Formar personas capaces de habitar este cambio de época

La imagen que utiliza el sacerdote legionario posee una fuerza especialmente evocadora. Si logramos ofrecer lugares donde los jóvenes puedan explorar las preguntas que tienen «de forma paciente, respetuosa, comunitaria y abierta a la verdad, crearemos islas de tierra firme en un mundo de náufragos». La expresión describe con notable precisión una de las experiencias más extendidas de la cultura contemporánea. Muchas personas viven rodeadas de estímulos, de posibilidades y de discursos diversos, pero al mismo tiempo experimentan una cierta intemperie interior. Se encuentran ante múltiples opciones y, sin embargo, buscan criterios de discernimiento; reciben enormes cantidades de información y, al mismo tiempo, desean una palabra que les ayude a comprender su propia vida y a orientarla hacia un horizonte de sentido.

La reflexión de Sonia González aporta otra perspectiva decisiva para comprender esta situación. En la experiencia práctica del módulo «Diálogo en acción», muchos participantes descubren algo tan sencillo y profundo como la experiencia de sentirse verdaderamente escuchados. Ser escuchados sin juicios precipitados, sin respuestas preparadas de antemano y sin necesidad de defender de inmediato una posición propia constituye, para muchas personas, una experiencia extraordinariamente transformadora. Esta constatación pone de manifiesto la profunda necesidad de encuentro que habita en el corazón humano y la importancia de formar personas capaces de crear espacios en los que las preguntas sean acogidas con respeto y el diálogo se convierta en una verdadera experiencia de comunión.

Precisamente por ello, el Diplomado se presenta como una respuesta formativa profundamente apostólica. Su propósito va mucho más allá de la mera transmisión de contenidos teóricos o del desarrollo de determinadas habilidades comunicativas. El itinerario formativo busca preparar personas capaces de comprender la cultura contemporánea desde dentro, de reconocer las búsquedas que la atraviesan y de entrar en diálogo con ellas desde una identidad cristiana sólida y esperanzada. La formación de líderes culturales cristianos exige una mirada capaz de descubrir las oportunidades presentes en medio de las crisis, una inteligencia ejercida en la comprensión de los procesos culturales y una profunda disposición al encuentro.

Las actitudes que los profesores del diplomado señalan como particularmente necesarias convergen de manera significativa. El P. Gabriel destaca la humildad de quien se sabe buscador de la verdad y la valentía de quien está dispuesto a testimoniarla allí donde la ha encontrado. Sonia González subraya la apertura y la capacidad de dejarse transformar por el encuentro. Marta Rodríguez insiste en la importancia de una mirada esperanzada que permita reconocer la acción de Dios en medio de las complejidades del presente. Estas disposiciones configuran un determinado modo de presencia cristiana en la cultura y describen el perfil de hombres y mujeres capaces de acompañar procesos humanos, educativos y pastorales en un momento histórico particularmente exigente y, al mismo tiempo, extraordinariamente fecundo.

El comunicado final de la Convención General también invita a discernir cómo responder al mundo al que Dios lo envía hoy. Las reflexiones que surgen en torno al Diplomado muestran que este discernimiento pasa, en buena medida, por aprender a mirar el presente con profundidad, comprender las preguntas que habitan el corazón de las personas y desarrollar la capacidad de dialogar con una cultura que continúa buscando respuestas. El cambio de época al que se refiere la Convención constituye ciertamente un desafío de gran envergadura, pero también un inmenso campo apostólico.

El mundo contemporáneo sigue planteándose las grandes preguntas de la existencia y continúa teniendo hambre de verdad, de sentido y de encuentro. El campo, como recuerda el Evangelio, está listo para la siega. La tarea que se abre ahora consiste en formar hombres y mujeres capaces de reconocer esa tierra y de sembrar en ella, con inteligencia, esperanza y audacia apostólica, la semilla siempre nueva del Evangelio.

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