Regnum Christi Internacional

Documentos de
la convención general
2024

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Cartas para la fase general

A través de esta comunicación queremos anunciar que el año próximo tendremos la primera Convención General ordinaria del Regnum Christi en Roma entre el 29 de abril y el 4 de mayo. Esta primera Convención General ordinaria nos presenta la oportunidad de mirar juntos el mundo y, desde el Corazón de Cristo y el carisma propio, dar un renovado impulso en la misión que compartimos como apóstoles del Reino.

Cartas para la fase local

A través de esta comunicación deseamos compartir con ustedes algunos aspectos del camino que tenemos por delante… para asegurar el espíritu sinodal con el que queremos recorrerlo y para que sepan cuál será la preparación del mismo.

Hemos visto oportuno constituir una comisión que acompañe de cerca este recorrido, que parta de la estructura y de los integrantes del Colegio Directivo General y los equipos de trabajo, apoyados por una secretaría ejecutiva.

¿Qué objetivos y frutos se buscan en este camino de preparación para la Convención? Aspiramos a que sea parte del recorrido más amplio de renovación e impulso de la vida y misión del Regnum Christi que hemos estado haciendo en los últimos años.
No queremos simplemente promover un análisis a nivel intelectual, sino fomentar una dinámica de discernimiento en las propias localidades. Por ello, el énfasis que se propone es el de poner la mirada en las necesidades del mundo y la Iglesia, desde el corazón del apóstol del Reino.

Con esta carta queremos presentar brevemente qué es la Convención General y cuáles son sus objetivos, retos y frutos esperados; anunciar las tres fases de su desarrollo; explicar brevemente la primera fase, que ahora comienza; y exhortarles a todos y cada uno a orar, participar y aportar su experiencia y visión del Regnum Christi durante todo el proceso.

Recursos fase local

Como parte del camino de discernimiento hacia la Convención General 2024, los laicos del Regnum Christi nos hemos sentido llamados a hacer una reflexión más profunda sobre nuestra identidad y misión sobre nuestra vocación en el Regnum Christi. Queremos comprender en mayor profundidad, a la luz del Evangelio, de los documentos eclesiales y de nuestro carisma, cuál es nuestro papel no solo en la Iglesia sino en modo particular en nuestra familia espiritual.

Es por esto que, así como estamos participando con las demás vocaciones del Regnum Christi en un proceso de discernimiento apostólico de la realidad, también queremos detenernos a escuchar al Espíritu Santo y comprender a qué nos llama en específico como laicos en el mundo y en el Regnum Christi.

Esta guía busca ser una herramienta al servicio de esta reflexión.

Se recomienda realizar esta actividad por equipos de laicos que pueden ser los equipos naturales dentro de una sección o equipos de apostolado. Esta actividad, aunque no sigue una metodología de Encuentro con Cristo como lo conocemos, puede remplazar uno de los Encuentros con Cristo previsto en las actividades regulares de los equipos.

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El Evangelio es la Buena Noticia, es el anuncio de Jesucristo que entra en la historia de la humanidad. Esta Buena Noticia tiene en sí misma un poder especial de interpelación y de convicción, porque es portadora de aquello que ofrece y anuncia: la posibilidad de una vida totalmente nueva que se transforma con la adhesión personal a Jesucristo resucitado, aceptado como Hijo de Dios y Salvador de la humanidad.

Todos los cristianos hemos sido llamados e invitados a anunciar con nuestras vidas esta Buena Noticia: Jesucristo, que nos sale al encuentro y nos revela el amor de su corazón, nos envía a nuestros hermanos. Se trata de proponer, con nuestras acciones y nuestras palabras la verdad de Jesucristo que viene a instaurar su Reino, de forma convincente y atractiva.

Los miembros del Regnum Christi, impulsados por la experiencia personal del amor de Cristo, sentimos la urgencia interior de hacer presente su Reino, dando testimonio de lo que hemos vivido y experimentado, y buscando responder así a las necesidades del mundo y de la Iglesia.

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El testimonio de vida cristiana, ofrecido por los padres en el seno de la familia, llega a los niños envuelto en el cariño y el respeto materno y paterno. Los hijos perciben y viven gozosamente la cercanía de Dios y de Jesús que los padres manifiestan, hasta tal punto, que esta primera experiencia cristiana deja frecuentemente en ellos una huella decisiva que dura toda la vida.

Este despertar religioso infantil en el ambiente familiar tiene, por ello, un carácter «insustituible».” (Cfr. 226 Directorio de la Catequesis 2020).

El niño percibe, absorbe, explora, examina, toma conciencia por medio de la experiencia; tiene una gran capacidad de asombro, de apertura al misterio, de captar en su interior las realidades sobrenaturales (la presencia del Angel de la Guarda, de la Virgen..). Vive la alegría de encontrarse con Dios con gestos y manifestaciones sencillas y espontáneas en especial ante imágenes bellas y que reflejan la ternura de la Virgen, de San José y del Niño Jesús. Va formando su imagen interna de Dios y gusta de la relación personal con Él y con la Virgen, que experimenta lo protegen.

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Jesucristo, Dios encarnado, pasó por todas las etapas vitales que nosotros vivimos: infancia, adolescencia, juventud y adultez. Aunque de su adolescencia tenemos muy pocos pasajes en los Evangelios, que narran cómo fue su vida estos años. El evangelio de Lucas afirma que, a sus doce años, Jesús vivía en Nazaret sujeto a sus padres y progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2,52).

Esta breve descripción nos habla de cómo Él vivió esta etapa que es crucial en la vida de una persona.

La adolescencia es la etapa de la vida en la cual se comienza a decidir quién queremos ser y cómo queremos vivir, lo que la constituye un momento prioritario de cara a la evangelización.

Siendo una etapa existencial que se caracteriza por la intensidad de los deseos y vivencias, es necesario enseñarles a encauzar toda la fuerza de sus inquietudes y anhelos. Los valores de la infancia ya no son suficientes, porque necesitan una mayor comprensión y profundización para poder optar por ellos libremente.

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«La juventud es una etapa original y estimulante de la vida, que el propio Jesús vivió, santificándola». (Christus Vivit 22)

Es la etapa del descubrimiento, de los ideales, del futuro que se construye desde el presente. Es un momento de asentar bases, de hacer una experiencia de un Dios cercano que te quiere feliz y que está siempre contigo. Etapa de entendimiento, de comprensión de un Dios vivo y presente en el mundo y la vida cotidiana.

El joven está en camino de descubrir una fe que tiene sentido, no sólo teórico sino aplicable a la vida. Una fe que le permita ir más allá y comenzar el camino de felicidad profunda y duradera. Como la samaritana, busca un agua que pueda saciarlos en plenitud.

Dejarse acompañar por Jesús y conocerlo en profundidad en esta etapa marca profundamente el corazón, y la vida.

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El matrimonio tiene un lugar muy especial en el corazón de Dios y de la sociedad. El mismo Dios quiso nacer y vivir en una familia. En él, el ser humano aprende lo que debe ser el amor incondicional, la comunión, la fecundidad y la entrega. Ahora bien, hoy encontramos diversos desafíos e incluso visiones del matrimonio que no son conformes al plan original de Dios.
En este contexto, el Regnum Christi como Iglesia está llamado a ayudar a vivir ese plan de Dios, dando respuesta, a la vez, a la visión que se tiene del matrimonio en la actualidad, siendo luz del mundo como matrimonio y familia cristiana. El papa Juan Pablo II dijo en 1981 (documento Familiaris Consortio): La familia, en los tiempos modernos, ha sufrido quizá como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura. Muchas familias viven esta situación permaneciendo fieles a los valores que constituyen el fundamento de la institución familiar.

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En las últimas décadas, la Iglesia ha hecho un importante camino para comprender de modo más completo y profundo el misterio de la vocación. Esto necesariamente ha tenido un impacto en el modo en el que entendemos y vivimos la Pastoral Vocacional. Dos conceptos son especialmente significativos en este camino y han sido el punto de partida de la reflexión que se extiende hasta el día de hoy:
  • La comprensión de la Iglesia como pueblo de Dios en camino y como comunidad de bautizados en la que cada uno ha recibido un llamado gratuito del amor de Dios y ha sido enviado como respuesta a las necesidades de evangelización del mundo actual.
  • El llamado universal a la santidad y, por consiguiente, la valoración de la vocación de los laicos. La Iglesia se entiende entonces como cuerpo con diversos miembros (Cfr. 1 Cor 12, 12), con diversos dones a los que dar espacio, ya que todos contribuyen a la santidad de cada uno y del cuerpo como un todo.

Estos dos conceptos iluminaron y ampliaron la concepción que se tenía de la vida religiosa como “estado de perfección” y como el camino en el cual se realizaba en plenitud la vida cristiana.

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El hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, es llamado, mediante el trabajo y la generación de cultura, a participar en la Creación. Trabajo y cultura responden al mandato original de Dios al hombre (Gn 1, 28; 2, 15) y manifiestan el dominio del hombre sobre la Creación, para que todas las cosas den gloria a Dios (I Cor 10, 31).
El trabajo debe ser testimonio de la dignidad de la persona, ocasión para el desarrollo de la personalidad y la creación de vínculos comunitarios, relación con la naturaleza y la cultura, medio para sostener a la familia, contribución al bien común de la sociedad, fuente de progreso para toda la humanidad. La cultura es el sistema de ideas, creencias, tradiciones, hábitos, valoraciones y pretensiones que caracterizan a un pueblo en un momento dado. Ejerce una enorme presión sobre cada persona y sobre el conjunto del cuerpo social, facilitando -y dificultando- posibilidades para la realización de una vida buena y santa.

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El mandamiento nuevo de Cristo de amar al prójimo (Jn 13, 33-35) se hace realidad llevando a cabo las obras de misericordia que Él mismo nos enseñó: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar alojamiento al extranjero, vestir al desnudo, socorrer al pobre y visitar a los enfermos y a los que están en la cárcel.

Al percatarnos de la realidad, el Espíritu Santo -que es amor- nos inspira y mueve a sentir como propias las necesidades y las exigencias de los demás. Esta voz interior que habla a nuestras conciencias nos hace percibir el deber de justicia y solidaridad hacia nuestros hermanos, especialmente hacia aquellos más vulnerables y necesitados, los excluidos y descartados de las periferias.

La Iglesia y nosotros, como Regnum Christi, tenemos que seguir el ejemplo que Él nos dejó, hacer nuestros los problemas de otros, amar y ayudar al necesitado para contribuir a la promoción humana, a la dignidad de cada persona y a la transformación de la sociedad.

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