La misión del Regnum Christi en Costa de Marfil se comprende mejor a través de las personas que hoy la sostienen y la hacen crecer. El P. Dain Scherber, L.C., acompaña esta misión en África desde hace años. Marie-Christelle y Marienne-Ester pertenecen al primer grupo de jóvenes que dio vida al ECYD en el país. Ximena León, voluntaria mexicana en el Colegio Highlands de Abiyán, llegó recientemente para dedicar tiempo de servicio a la misión.
Sus historias se entrelazan en una misma realidad: jóvenes que descubren la fe en una comunidad, familias que van construyendo su vida apostólica, sacerdotes que acompañan en los caminos de la evangelización y voluntarios que llegan de otros países para servir. Todos ellos muestran cómo una misión crece a partir de relaciones concretas, de encuentros cotidianos y de una presencia constante en medio de las actividades diarias.

El origen de esta presencia en Costa de Marfil se remonta a una misión vinculada a la Universidad Anáhuac de México. Aquel primer contacto permitió descubrir personas que ya buscaban vivir el carisma del Regnum Christi y abrió un camino de acompañamiento que, con el tiempo, dio lugar a una localidad con sus propias estructuras. Hoy, esta presencia se articula desde Abiyán y mantiene vínculos con comunidades en Nigeria, Rwanda y Uganda.

El P. Dain Scherber, L.C., explica que la misión se lleva a cabo con los niños, adolescentes del ECYD, jóvenes, matrimonios y adultos que participan en distintas iniciativas apostólicas: Amigos NET, la Virgen Peregrina de la Familia, los apostolados de parejas, los encuentros de formación y la vida sacramental. Todo esto permite acompañar a las personas a lo largo de las distintas etapas de su vida. El colegio también ocupa un lugar central en la misión, pues es un espacio de encuentro, crecimiento y formación comunitaria.
El ECYD: una historia que comenzó con un campamento y una amistad
El ECYD ocupa un lugar especialmente significativo. Marie-Christelle recuerda que todo comenzó cuando su familia la inscribió en el primer campamento organizado en Costa de Marfil. Ahí conoció a los sacerdotes, a los encargados y a otros jóvenes que empezaban a recorrer el mismo camino. Aquella experiencia marcó el inicio de una historia que después continuó creciendo con nuevas generaciones.

Para Marienne-Ester, la primera atracción del ECYD surgió a partir del ambiente que encontró en el grupo. Habla de un espíritu de familia, de la alegría compartida y de la sensación de sentirse acompañada en una etapa importante de su vida como lo es la adolescencia. Esa experiencia inicial abrió espacio para un crecimiento más profundo, en el que la amistad y la vida de fe comenzaron a unirse de manera natural.
Con el paso de los años, las dos descubrieron una transformación interior que fue madurando poco a poco. La relación con Cristo empezó a ocupar un lugar más central en su vida cotidiana y el apostolado dejó de ser una actividad ocasional para convertirse en parte de su manera de vivir. Las visitas a niños, las actividades solidarias y el acompañamiento entre jóvenes fueron dando forma a una fe más concreta y comprometida.
El P. Dain reconoce precisamente ahí uno de los frutos más valiosos de la misión: jóvenes que llegan a asumir el carisma como algo propio y empiezan a transmitirlo a otros. Cuando un adolescente acompaña a otro, cuando una joven comparte su experiencia de fe o cuando un grupo sostiene una iniciativa apostólica con alegría, la misión adquiere estabilidad y profundidad.

Salir al encuentro allí donde está cada uno
La realidad pastoral en Costa de Marfil presenta desafíos concretos. Las distancias, el transporte y los ritmos de trabajo influyen directamente en la manera de organizar la vida apostólica. Ante estas circunstancias, la misión ha encontrado un camino claro: acercarse a las personas allí donde ya viven, trabajan y participan en la vida de la Iglesia.
Las parroquias, las escuelas y las comunidades locales se convierten así en espacios naturales de encuentro. La misión avanza paso a paso desde esa cercanía, el acompañamiento y la presencia constante. En este contexto, la formación ocupa un lugar prioritario; el objetivo principal es preparar a esos apóstoles capaces de acompañar a otros, sostener comunidades y asumir responsabilidades en la Iglesia local.

El P. Dain explica que esta formación resulta especialmente importante en contextos en los que los líderes locales asumen múltiples tareas simultáneamente: acompañan espiritualmente, orientan a las familias, sostienen iniciativas comunitarias y ayudan a resolver situaciones personales y sociales. Servir a estas personas significa fortalecer también a las comunidades que acompañan.
Esta visión, dice el P. Dain, conecta profundamente con el camino sinodal impulsado por la Iglesia universal. La espiritualidad del Regnum Christi encuentra ahí un terreno fértil: cada bautizado descubre su misión personal y aprende a vivirla en la comunidad. Así, la vida apostólica empieza a expandirse a partir de muchos rostros y de muchas historias concretas.

Ximena León: descubrir la misión mientras la vida cambia
La experiencia de Ximena aporta una mirada distinta sobre la misión. Antes de llegar a Costa de Marfil, su vida transcurría en México, entre hospitales y entornos clínicos, protocolos de atención, pacientes y jornadas exigentes. Aunque avanzaba profesionalmente y alcanzaba metas importantes, llevaba dentro preguntas que seguían abiertas: el sentido de su vocación, el deseo de servir y la búsqueda de algo que diera mayor profundidad a su camino personal.
La idea de ir a África había nacido años atrás. La pandemia interrumpió aquel primer intento, pero el deseo permaneció vivo hasta que se concretó tiempo después. Para Ximena, este viaje representó mucho más que un cambio geográfico; significó entrar en una experiencia que conectaba profundamente con su historia de fe y con su deseo de servicio.

La llegada estuvo acompañada de incertidumbre y emociones intensas: separarse de la familia, entrar en una cultura distinta y comenzar una vida completamente nueva exigieron un importante proceso interior. Sin embargo, junto a esas emociones apareció también una paz profunda que le permitió avanzar con confianza y abrirse plenamente a la experiencia.
Hoy, su misión se desarrolla principalmente en el Colegio Highlands de Abiyán. Ahí trabaja como maestra de español para niños y también colabora en proyectos de comunicación y fotografía. Sus días comienzan preparando materiales para las clases y continúan acompañando a los niños en diversas actividades: momentos de aprendizaje, comidas, descanso, juegos y clases de natación. Cada jornada exige energía, flexibilidad y capacidad de adaptación.
Con el tiempo, descubrió que la enseñanza toca mucho más que los contenidos académicos. Cada clase se convierte en una oportunidad para acompañar, generar confianza y ayudar a que los niños descubran sus fortalezas y capacidades para salir adelante. La fotografía también adquirió un significado especial en su experiencia: capturar una sonrisa, un abrazo o un momento cotidiano le permitió valorar la belleza escondida en cosas simples que a menudo pasan desapercibidas.

Una misión que sigue creciendo
Tanto para quienes comenzaron el ECYD en Costa de Marfil como para quienes hoy llegan a servir, la misión ha transformado sus vidas. Marie-Christelle y Marienne-Ester hablan de una fe que fue madurando con los años y que les dio una nueva manera de mirar la vida. Ximena describe un proceso parecido: aprender a vivir más en el presente, valorar lo cotidiano y descubrir a Dios en los pequeños momentos de cada día.
Los niños ocupan un lugar central en muchas de estas experiencias. Su manera espontánea de amar, de confiar y de acoger deja una huella profunda en quienes la acompañan. Ximena recuerda especialmente cómo los niños la hicieron sentir parte de sus vidas desde el primer día, con gestos sencillos que terminaron por transformar su manera de vivir la misión.

El P. Dain comenta que el crecimiento de esta presencia apostólica también requiere apoyo concreto. La formación de líderes, el sostenimiento de las actividades, el desarrollo de espacios para la misión y la posibilidad de contar con más personas dedicadas al acompañamiento representan necesidades importantes para consolidar el trabajo que ya está en marcha. En muchos casos, recursos pequeños – como lo que muchos gastan en un café – al sumarse entre sí permiten realizar proyectos con un impacto muy significativo en la vida de niños, jóvenes y familias.
Aun así, al hablar de la misión, el padre transmite serenidad y esperanza. Existe una convicción clara de seguir construyendo, acompañando y formando comunidades sólidas para servir a la Iglesia en Costa de Marfil y en otros lugares de África.

Desde su propia experiencia, Ximena resume esta vivencia con una invitación sencilla: atreverse. Abrirse a nuevos caminos, dejar espacio para el encuentro y permitir que la misión transforme también la propia vida. En Costa de Marfil, esa transformación continúa tomando forma cada día en aulas, parroquias, hogares y comunidades donde la fe se vive desde la cercanía, el servicio y la vida compartida.



