Ellos dejan su vida cotidiana en Roma durante dos semanas para vivir una experiencia misionera en México junto a sus tres hijos. ¿Qué les movió a cruzar el océano para visitar casas, jugar con niños, compartir la fe y servir a comunidades que no conocen? Dario y Chiara Appetiti descubrieron que la misión no comienza cuando uno se siente preparado, sino cuando se responde a una llamada que también transforma la vida de la propia familia.
Dario Appetiti, de 46 años, y Chiara Di Giuseppe, de 44, son una familia de Roma con tres hijos: Lorenzo, de 14 años, en el primer año de bachillerato; Marta, de 11 años, en el primer curso de secundaria; y Giulia, de 6 años, en el primer grado de primaria. Llevan 17 años de casados y se conocieron en Colonia durante la Jornada Mundial de la Juventud a través de Juventud y Familia Misionera de Italia.
Forman parte del Regnum Christi desde que eran universitarios. Actualmente pertenecen a la sección de adultos de Roma, mientras que Lorenzo y Marta, los dos hijos mayores, participan en los grupos del ECYD de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe y San Felipe Mártir, también en Roma, en la zona de la Vía Aurelia.

En agosto de 2025, durante dos semanas, la familia Appetiti participó en las misiones de Juventud y Familia Misionera que organizan en Italia para ir a México. Su misión se desarrolló en Jilotepec, un pequeño pueblo a unas dos horas al norte de la Ciudad de México, en particular en dos comunidades, Las Huertas y Xhixhata. Allí, junto con otros 15 misioneros, animaron la vida de las parroquias y de los pueblos visitados.
La jornada en misión se organizaba de la siguiente manera: por la mañana, divididos en pequeños grupos, visitaban las casas del pueblo; después, compartían el almuerzo preparado por las familias del lugar; por la tarde, realizaban juegos y actividades con los niños y catequesis para los adultos, para concluir el día con una misa comunitaria. Durante las dos semanas también ayudaron en la construcción de una iglesia y visitaron varios lugares: un barrio muy pobre, al que suelen llamar la «ciudad perdida» (porque casi nadie llega a esas zonas y carece hasta de lo elemental); también visitaron una cárcel y un centro de atención para adultos mayores.
¿Cuándo y cómo decidieron partir como familia a las misiones en México con Juventud y Familia Misionera?
La idea de ir nació en nuestro corazón ya en abril de 2024 durante las misiones de Semana Santa, cuando se planteó la posibilidad de organizar misiones en México. Al principio no estábamos convencidos porque nos asustaban la distancia y el compromiso que este viaje implicaba para toda la familia, pero, sobre todo, nos preocupaban los niños: temíamos que estuvieran solos, sin compañía y sin otros amigos con quienes compartir la experiencia.
Luego, en febrero de 2025, durante un retiro, en una meditación que nos dio un padre legionario, nos hizo reflexionar que, cuando uno parte para una misión, no es importante el número de personas implicadas ni los amigos que participarán contigo. Sino que lo más importante es preguntarse quién nos invita a ir como misioneros. Es Jesús quien nos lo pide, quien nos llama y nos invita. Y Jesús no llama a personas que ya están preparadas o capaces, sino que hace capaces y prepara a las personas que llama. Entonces ya no tuvimos más dudas y, unas semanas después, compramos el vuelo para ir a México, los cinco.

Dario, tanto tú como Chiara ya habían participado como jóvenes en las misiones en México en 2002 y en 2006. ¿Cómo fue volver? ¿Qué diferencias encontraron?
Sí, habíamos hecho las misiones cuando éramos jóvenes, pero nunca juntos. Volver a México fue muy hermoso porque revivimos una experiencia que ya nos había tocado y transformado cuando éramos jóvenes. Pero, siendo sinceros, la experiencia en familia fue todavía más completa para nosotros. Vivir juntos algo en lo que ambos creemos profundamente nos unió aún más. Esto también lo vimos en los ojos de nuestros hijos, que transmitían entusiasmo y amor por la familia y los demás.
Vivir una misión en familia significa transformar la vida cotidiana en un testimonio de amor, acogida y solidaridad, compartiendo recursos y tiempo con los demás. Ser una familia misionera implica para nosotros considerar a los otros tan valiosos como a los propios familiares, compartiendo con ellos a ese Jesús bueno y misericordioso que ha llamado a la puerta de nuestra casa.

Chiara, ¿cuál fue la dificultad más grande que tuvieron que afrontar?
Debo decir que no hubo cosas especialmente difíciles. A veces el cansancio al final del día se hacía sentir, pero la alegría que habíamos recibido durante la jornada superaba esa dificultad. En algunos momentos también se sentía la falta de comida italiana, aunque las personas del lugar hacían todo lo posible por cocinar cosas sencillas y lo más parecidas posible a nuestra cocina.
Chiara, ¿qué le dirías a una familia con hijos que quisiera vivir esta experiencia, pero que quizá tenga miedo de la distancia, de las incomodidades o de tratarse de algo tan particular?
Me gustaría repetir la frase de san Juan Pablo II: «¡No tengan miedo! ¡Abran, es más, abran de par en par las puertas a Cristo!». No se dejen detener por el miedo a la distancia o por las incomodidades que creen que podrían encontrar. Todo eso no es un obstáculo. Los rostros de las personas y la alegría con que la gente nos recibió, compartiendo con nosotros lo poco que tiene, compensan todo esfuerzo y sacrificio.
Una familia católica, por su propia vocación, está llamada a anunciar la Buena Nueva. Partir para una misión de evangelización no significa hacer algo extraordinario, sino simplemente vivir plenamente la vocación matrimonial. Hacer una misión significa recibir muchas veces más de lo que se ha dado. Es una experiencia de enriquecimiento mutuo, no de sacrificio.

Dario, ¿cuál crees que ha sido el fruto más hermoso para tu familia después de haber participado en las misiones en México?
La vida misionera genera un clima de alegría compartida y una profunda paz interior que nacen de la fe vivida y de la conciencia de actuar según lo que Jesús nos pide. La misión educa a la familia a abrirse a los demás y a transformar la casa en un espacio acogedor. Estar unidos en este servicio fortaleció los vínculos entre nosotros y con nuestros hijos, haciéndonos experimentar que nuestra familia forma parte de una familia más grande. También nos ayudó a cultivar más la oración juntos, creando un estilo misionero en nuestra vida cotidiana. Sin duda ayudó a nuestros hijos a ser más agradecidos por lo que tienen y a no dar por sentado lo que han recibido.
La alegría que nace incluso en medio de la pobreza –Lorenzo, 14 años
Lo que más me gustó de hacer las misiones en México fueron las sonrisas, la alegría y la felicidad que se veían en cada persona, incluso cuando sus condiciones de pobreza eran muy difíciles. Esto me hizo comprender cuánto debemos agradecer a Dios por nuestras condiciones, sin quejarnos.
Algo muy bonito que noté en los mexicanos, especialmente en los jóvenes, fue la importancia que nos daban a nosotros, los misioneros. Apenas nos vieron, se llenaron de alegría, como si reconocieran en nosotros el rostro de Jesús. Esto me hizo sentir orgulloso de mí mismo y de la decisión que tomó toda mi familia.

Además, conocí a dos chicos, Cristopher y Liam, con quienes hice una gran amistad y con quienes todavía sigo en contacto hoy por mensajes. Lo que llevo en el corazón son los muchos regalos que me hicieron para agradecerles mi amistad y mi presencia allí con ellos.
Descubrir la alegría en las casas visitadas –Marta, 11 años
Al principio yo era muy incrédula ante esta experiencia; no compartía la decisión que habían tomado mamá y papá de pasar las vacaciones en misión. Después de muy pocos días cambié completamente de idea. Lo más bonito para mí fue la visita a las casas: entrar en la realidad mexicana y ver personas tan alegres llenó mi corazón.
Me divertí jugando con los niños, a quienes regalé algunos juguetes, plumas, llaveros y pulseras que mis amigas y amigos italianos me habían dado para regalarles. Para mí, esta experiencia significó ser portadora de alegría y esperanza, actuando como una pequeña apóstola.
La misión vivida con los ojos de la más pequeña – Giulia, 6 años
Al salir de viaje, igual que Marta, yo tampoco tenía muchas ganas. Pero cuando llegué, cambié de opinión y, al hacer amistad con otros misioneros, me entusiasmé. Como era la más pequeña del grupo, enseguida me convertí en la más consentida y todos me cuidaban mucho.
El primer día que fui a visitar las casas, de inmediato me di cuenta de la diferencia entre las casas a las que estoy acostumbrada y las que vi en los dos pueblos mexicanos. Las actividades de la tarde fueron muy divertidas para mí y, en esos momentos, también logré hacer amistad con algunas niñas mexicanas.
Aunque yo no entendía el español, durante las visitas a las casas mi tarea era regalar imágenes del Papa y rosarios que habíamos llevado desde Roma. Esta misión me gustó muchísimo y viví momentos inolvidables que recordaré para siempre.
El presente texto tuvo como fuente “Non chiamati perché pronti, ma pronti perché chiamati: Dario e Chiara con tre figli al seguito in missione in Messico per due settimane”.



