Regnum Christi Internacional

Mariel García transformó su vida en Costa de Marfil: de misionera fundadora a maestra en México

Mariel García Sánchez, de Ciudad de México, vivió una misión en Costa de Marfil que marcó su rumbo personal y profesional. Su trabajo en un proyecto educativo en África la llevó a dedicarse a la enseñanza en México.
Mariel García transformó su vida en Costa de Marfil

A veces, los sueños que nacen en la infancia parecen solo una ilusión lejana, pero con el paso del tiempo, algunos de ellos se revelan como algo más profundo: un llamado que espera al momento adecuado para hacerse realidad.

Eso fue lo que ocurrió con Mariel García Sánchez: lo que comenzó como un deseo de su niñez terminó llevándola a ser una de las misioneras fundadoras del Grupo Escolar Semper Altius en Costa de Marfil, África. En ese lugar, lejos de su casa, descubriría no solo una nueva cultura y una comunidad llena de fe, sino también el camino que Dios había preparado para ella.

Siete años después de vivir esa experiencia, Mariel mira hacia atrás y reflexiona sobre cómo aquella misión sigue rindiendo frutos en su vida personal y profesional.

Un sueño que va tomando forma

Originaria de Ciudad de México, y actualmente maestra de primaria en el Colegio Euroamericano de Monterrey, Mariel García Sánchez siempre sintió que África era más que un lugar en el mapa. Desde temprana edad se percató de que había algo en su corazón que la atraía a ese continente: «Desde muy chiquita yo quería irme a África a hacer misiones. Me interesaba ir a ayudar en la construcción de casas y espacios para las familias y sus comunidades».

Con el paso de los años, ese anhelo permaneció como un deseo guardado en su interior. Aunque no sabía ni cómo ni cuándo sucedería, la idea de viajar a realizar ese sueño nunca dejó de acompañarla.

Mariel García transformó su vida en Costa de Marfil
Mariel, al centro, con otras chicas misioneras en África (Crédito de la imagen: Mariel García Sánchez)

Cuando llegó el momento de estudiar su carrera, Mariel eligió Ciencias de la Comunicación y posteriormente trabajó en distintas áreas de la profesión; sin embargo, comenzó a sentir que tal vez no era el camino indicado para ella. Eventualmente se le presentó la oportunidad de trabajar en un colegio privado dentro del área administrativa, un entorno que destacaba por algo que siempre había disfrutado: conectar con las personas. Fue ahí donde descubrió que ese ambiente despertaba algo en ella y la acercaba, poco a poco, a su verdadera vocación.

«Siempre había querido trabajar en un lugar donde pudiera ayudar y regresar un poco a la sociedad», complementa. Sin saberlo, aquel espacio sería el primer paso hacia la misión que marcaría su vida.

Cuando el llamado se va volviendo una realidad

En medio de ese proceso de discernimiento laboral, la oportunidad de viajar a África se presentó a través de su hermana, Ilse García, quien también trabaja en una oficina administrativa del Regnum Christi en Monterrey. Ella le habló sobre un proyecto educativo liderado por Jeremy Coulibaly, uno de los responsables de la misión en Costa de Marfil. La iniciativa consistía en colaborar en la apertura de una escuela, con el objetivo de acercar la educación y la fe a la comunidad local.

«Mi hermana conocía a la persona que llevaba la misión de construir el proyecto allá y ella, sabiendo que ir a África era mi sueño, me animó a sumarme. Esto ocurrió en un momento de mi vida en el que buscaba muchas respuestas. Ya tenía dos años trabajando en el área administrativa del colegio y aún dudaba si debía seguir o buscar otra oportunidad», comenta Mariel.

Mariel García transformó su vida en Costa de Marfil
En ese lugar, lejos de su casa, descubriría no solo una nueva cultura y una comunidad llena de fe, sino también el camino que Dios había preparado para ella. (Crédito de la imagen: Mariel García Sánchez)

El deseo de servir, su interés por la educación y aquel sueño de infancia parecían cada vez más cercanos: «La decisión de unirme a la misión sí fue un poco impulsiva, pero no quería perder el tiempo ni la oportunidad. A partir de ahí, todo pasó muy rápido: me postulé, hubo una respuesta y me explicaron a detalle la misión. Necesitaban a alguien que impartiera clases y creo que fue ahí cuando todo se conectó: mi interés por ayudar, la educación y el servicio a Dios».

En cuestión de semanas, Mariel ya estaba en el programa. No obstante, la misión implicaba dejar su trabajo, salir de su rutina y mudarse a un país con una cultura completamente distinta a la suya por uno entero. Sin importar los retos que conllevaba irse, decidió confiar en las señales de Dios y dar ese paso de fe.

Construyendo desde cero

La misión consistía en fortalecer la comunidad mediante la formación de los niños. Cuando el equipo de misiones llegó, el proyecto apenas comenzaba; se trataba de un pequeño espacio educativo llamado Bambolino, donde asistían únicamente niños muy pequeños. Con la llegada de los misioneros, el espacio comenzó a convertirse en un lugar de dedicación, cariño y aprendizaje.

El equipo trabajó en el diseño de un programa educativo enfocado en la enseñanza de idiomas, por lo que Mariel y sus compañeras impartían clases de inglés y español: «Diseñamos un currículo para niños pequeños en el que pudieran aprender las bases de los idiomas y se logró. Realmente era impresionante ver cómo, desde chiquitos, ya empezaban a hablar en español».

Mariel García transformó su vida en Costa de Marfil
La iniciativa consistía en colaborar en la apertura de una escuela, con el objetivo de acercar la educación y la fe a la comunidad local. (Crédito de la imagen: Mariel García Sánchez)

En medio de las clases, las planeaciones y la convivencia diaria con las familias, la evangelización se fue dando de manera natural. Al estar en una comunidad guiada en gran medida por la espiritualidad, el encuentro entre la escuela, la fe y las familias surgió con gran apertura.

«Me di cuenta de lo mucho que a la gente le gusta hablar, escuchar y compartir sobre Dios. Así fue como conecté con muchos de ellos, a través de Dios. Fue un proceso muy hermoso y sencillo porque la gente siempre estaba dispuesta a oír», comparte Mariel.

Adaptarse a una nueva cultura

Además de la misión, vivir en Costa de Marfil fue una aventura y un reto; desde el idioma hasta las costumbres, Mariel y sus compañeros tuvieron que adaptarse al lugar donde vivirían durante ese año.

«El primer reto fue el idioma, pues allá hablan francés y nadie de los que íbamos lo sabía. Además, había muy poca gente que hablara español o inglés», comparte. «Llegamos a un espacio donde no había nada, ni siquiera internet, así que tuvimos que empezar y organizar todo desde cero».

A estos desafíos se sumaron el proceso de adaptación de cada uno de los misioneros, así como la comprensión y el adentramiento en una cultura completamente distinta: «Aprender de sus costumbres y familiarizarnos a su forma de vivir fue un poco complejo, pero con la gracia de Dios y la fe superamos todos estos retos que se nos fueron presentando».

Mariel García transformó su vida en Costa de Marfil
La misión tenía como objetivo fortalecer la comunidad a través de la formación de los niños. (Crédito de la imagen: Mariel García Sánchez)

Sin embargo, algo que Mariel notó desde el principio fue la alegría de las personas que atendían en Costa de Marfil: «Si yo hubiera podido escoger dónde nacer, una opción hubiera sido nacer allá. Nunca antes en mi vida había visto a la gente más feliz. No importaban el contexto, el espacio ni las dificultades; la gente siempre estaba feliz y lo demostraba con sus costumbres, bailes y cantos».

La convivencia cercana con la gente de la comunidad, su fe y su alegría transformaron la manera en que Mariel y el equipo comprendían la vida: «La gente vive su relación con Dios de forma muy natural, y eso se percibe en el ambiente. La paz que transmite la comunidad es inigualable», recalca.

De África al aula: una vocación guiada por Dios

En medio de los retos, la paz, las dificultades y la felicidad, Mariel encontró una respuesta inesperada que la aguardaba del otro lado del mundo. En una época en la que los jóvenes se enfrentan a una gran cantidad de información, confusión e incertidumbre, tuvo la oportunidad de descubrir a qué quería dedicar su vida: la enseñanza.

«África me enseñó lo que realmente me apasionaba y, al regresar a México, tenía claro que quería volver a mi trabajo, pero ahora como maestra», recalca. Y es que poco antes de finalizar esta etapa transformadora, Mariel y el equipo organizaron un festival de cierre del año escolar. Ahí pudo ver los frutos de su trabajo y entrega, sin imaginarse el gran impacto que tendría en su vida.

«Para mí, ver todo lo que habíamos construido durante un año fue muy conmovedor. Cuando vi a los niños cantar y hablar en inglés o en español, me di cuenta de la huella que logramos dejar después de tanto esfuerzo, planeaciones, reuniones y desvelos. En ese momento me dije a mí misma: “Esto es lo que yo quiero hacer con mi vida”».

Hoy, años después de aquella experiencia en Costa de Marfil, Mariel continúa viviendo lo que descubrió durante su misión: el deseo de acompañar a otros a través de la educación: «Descubrir mi vocación profesional en esas misiones me cambió la vida. Cuando regresé a México, pregunté al colegio qué tenía que hacer para impartir clases, así que retomé mis estudios e hice una maestría en educación para prepararme y dar lo mejor de mí en el salón».

Mariel García transformó su vida en Costa de Marfil
Mariel reafirmó en esta experiencia su vocación a la enseñanza (Crédito de la imagen: Mariel García Sánchez)

Para ella, ver el crecimiento de sus alumnos, dentro y fuera del aula, se ha convertido en una de sus mayores alegrías: «Saber que fui parte de su formación me confirma que lo mío es ayudar a los demás a través de la enseñanza. Y no hubiera llegado a descubrir mi propósito si no fuera por la misión en Costa de Marfil».

Más allá de la distancia o de las diferencias culturales, las misiones representan una oportunidad para crecer, aprender y descubrir el impacto que las personas pueden tener en tu vida. Para todos los que desean participar en una misión, el consejo de Mariel es claro: no lo duden. «Yo los invito a que lo hagan. Estar en África ha sido la mejor experiencia de mi vida. Hasta el día de hoy, recuerdo esos momentos con amor y espero el momento en que pueda regresar».

Así, el sueño que comenzó en la infancia terminó convirtiéndose en el camino que le permitió descubrir su verdadera vocación. Hoy, desde el aula, continúa sembrando en sus alumnos aquello que aprendió al otro lado del mundo: que servir a los demás, educar y confiar en Dios transforman la vida de maneras que no imaginábamos.

«Todos tenemos algo que aportar y cuando decides compartirlo, descubres que también tu vida se transforma», concluye.

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