Mientras la educación se desarrolla para responder a las nuevas expectativas – y las familias buscan algo más que resultados académicos –, enfrenta el reto de acompañar procesos personales cada vez más complejos. Las academias de Oak International se insertan en esta lógica, proponiendo una experiencia formativa que no se limita a estudiar fuera, sino que busca orientar el desarrollo integral del alumno.
Ana Rosa Castro, directora de operaciones de Oak International, nos comparte cómo esta propuesta busca responder a las necesidades actuales de los alumnos y sus familias desde un enfoque más amplio que el académico.

De la formación académica a una educación que acompaña
La historia de Ana Rosa está profundamente conectada a su trayectoria profesional: cuando cursaba la preparatoria, tuvo la oportunidad de asistir a Le Chatelard, en Suiza, una de las academias de Oak International. Tiempo después, cursó sus estudios profesionales en la Universidad Anáhuac y trabajó durante veinte años en la Red de Colegios Regnum Christi. Ahora sus hijos asisten a los mismos colegios y universidades de la red.
«Ese año en Le Chatelard me cambió la vida, es por eso que las academias tienen un espacio muy importante en mi corazón. Estar al frente de Oak International ahora es un honor para mí», comparte.
El estar involucrada en diferentes obras educativas en distintas etapas de su vida ha cambiado su manera de entender la educación desde múltiples perspectivas: como exalumna, como madre de familia y, actualmente, desde su responsabilidad en Oak International. Esta sensibilidad le ha permitido identificar con claridad qué es lo que las familias buscan hoy en un proyecto educativo.
«Podríamos pensar que las familias solo buscan excelencia académica, mejores resultados o un buen nivel educativo, pero en realidad no es lo único. Con el tiempo te das cuenta de que los papás quieren algo más profundo, algo que les dé tranquilidad y confianza en el desarrollo formativo de sus hijos», afirma Ana Rosa. «Están en busca de una comunidad en la que los formadores y académicos hagan equipo con ellos, que los escuchen y los acompañen en las necesidades concretas de cada uno de sus hijos».
«Particularmente, en Oak International se espera que los alumnos perfeccionen un idioma, como el inglés o el francés. Los padres buscan que también acompañemos a sus hijos en la experiencia de vivir un año fuera y en todo lo que este cambio conlleva», agrega. «Adicionalmente, tenemos muy claro que el alumno no es quien lo vive por sí solo, sino que sus padres también lo viven al tener a su hijo fuera. Este acompañamiento en ambas direcciones se vuelve especialmente relevante».
Desde esta perspectiva, la educación deja de ser un servicio y se convierte en una relación de confianza y corresponsabilidad, especialmente en momentos de cambio o incertidumbre.

Diseñar experiencias: el corazón de la propuesta formativa
Más que ofrecer la oportunidad de estudiar en otro país, Oak International busca acompañar de forma intencional en cada etapa del recorrido del alumno.
«Queremos diseñar la vivencia del alumno, que todo esté pensado en torno a lo que va viviendo, para que poco a poco se dé cuenta de quién es, de sus fortalezas, de sus áreas de oportunidad y de hacia dónde está llamado», menciona Ana Rosa.
Esta intención educativa se refleja en cada aspecto de la experiencia. Desde las actividades académicas, culturales y deportivas hasta los fines de semana, todo está pensado para responder a las necesidades y al momento que vive cada alumno.
Así, incluso los viajes adquieren un significado más profundo: dejan de ser simplemente destinos atractivos para integrarse en un proceso formativo que acompaña su crecimiento de manera gradual e intencional.
«No se trata de poner actividades solo por ponerlas, sino de saber cuándo toca cada una y qué necesita el alumno en ese instante. No es que vayan a París o a Londres porque sí, sino que esos viajes estén cuando realmente sumen al camino del alumno», señala Ana Rosa.
Este diseño de Oak International no solo contempla las actividades, sino también a las personas que acompañan al alumno en el día a día, como los colaboradores, quienes son jóvenes voluntarios que acompañan a las nuevas generaciones como guías y referencias en su vida diaria.
«Con todo esto, no solo se busca que los alumnos regresen más maduros, porque eso también puede darse con cualquier experiencia fuera de casa. Uno de los elementos más relevantes es el acompañamiento humano y espiritual que reciben. Con la ventaja de que nuestros colaboradores tienen entre 18 y 20 años, están mucho más cerca de los alumnos y pueden fungir como orientadores, amigos e incluso como hermanos mayores», comenta.
Así, el acompañamiento se configura como una red entrelazada de manera intencional, que diseña un recorrido integral capaz de entretejer momentos y personas, acompañando el ritmo del alumno para favorecer su desarrollo y crecimiento.

Educar en alianza: el papel esencial de las familias
La colaboración estrecha con las familias constituye uno de los pilares de esta propuesta formativa: «La mejor forma de educar es haciendo una alianza, porque los alumnos no son nuestros, son hijos de una familia y la responsabilidad principal recae en ellos como padres. Nosotros, como institución educativa, tenemos que sumarnos a ese proyecto que ellos están construyendo, no sustituirlo», expresa Ana Rosa.
Esta mirada responde a una comprensión de la educación como un camino que se va construyendo en conjunto, en el que la persona se forma en relación y la familia tiene un papel insustituible. Adicionalmente, este principio se vuelve aún más relevante en una experiencia como la de las academias, donde los alumnos pasan varios meses fuera de casa y en ese contexto, el acompañamiento no es solo para el estudiante, sino también para sus padres.
«Esta etapa no la vive solo el hijo, también la viven los papás. Hay nervios, hay dudas, hay periodos difíciles, y por eso es muy importante acompañarlos siempre, darles herramientas y hacerlos sentir cerca, aunque estén lejos», menciona.
Los padres requieren herramientas y cercanía durante esta etapa, lo que se traduce en una atención constante orientada a anticiparse a las necesidades de las familias. De esta manera, no solo se informa, sino que se orienta y se brinda tranquilidad en cada etapa del proceso a través del contacto constante con los padres, desde espacios formales hasta mensajes y actualizaciones que reciben a lo largo del periodo.

Sembrar para el futuro: una formación que trasciende
En este tipo de experiencias, el objetivo no es generar resultados inmediatos; se trata de comprender a cada alumno y guiarlo para que crezca en su relación con Dios y descubra quién está llamado a ser.
«Al final, lo que buscamos es sembrar una semilla en cada uno de nuestros estudiantes. Lo más probable es que no se vea de inmediato, pero sabemos que con el tiempo esa semilla germina, ya sea en la universidad, en su vida profesional o cuando decidan formar una familia», agrega Ana Rosa.
Desde esta diversidad, el propósito no es uniformar, sino salir al encuentro de cada uno de ellos. Durante el tiempo que el alumno esté en la academia, la fe se va sembrando a través de momentos relevantes a lo largo del curso: el servicio a los demás, la vida comunitaria, el encuentro con Dios, con otros y consigo mismo, y la apertura a una dimensión más profunda del ser.
«No podemos esperar a que todos regresen completamente transformados, porque cada uno está en una etapa distinta, pero sabemos que algo se queda. Sabemos que esto deja huella y que, tarde o temprano, da fruto», expresa.
Con esta mirada, la educación no se limita a un periodo académico, sino que apunta a algo más duradero: la construcción de personas capaces de vivir con sentido, compromiso, apertura y en comunión con Dios.
Educar implica saber acompañar a cada alumno y reconocer que la formación se construye a partir de experiencias, relaciones y tiempo. De esta manera, el colegio, los alumnos y las familias avanzan juntos, se escuchan y se sostienen, construyendo relaciones basadas en la confianza. Porque, como comparte Ana Rosa, educar no es solo formar, sino orientar y sostener de manera cercana y constante, acompañando con intención cada momento que forma parte del proceso.
Ante los cambios generacionales con distintas formas de educar y nuevas expectativas por parte de los alumnos y los padres de familia, el reto no está en volver a lo de antes, sino en aprender a encontrarse en medio de estos cambios. Ana Rosa lo pone en palabras claras: «El reto es conocernos, aceptarnos y decir: así somos, así son las familias de hoy, ¿cómo hacemos equipo?».
Desde esta mirada, la verdadera transformación no ocurre solo en el aula o en el intercambio internacional, sino en el vínculo que se construye día a día y en la manera en que se entretejen las vivencias que acompañan al alumno y a las familias en su recorrido.



