La historia de un sacerdote madrileño, formado entre dos culturas europeas, ayuda a comprender qué lo impulsó a cruzar medio mundo para dedicar la vida a la misión en México y especialmente entre los mayas. El recorrido del padre Martín Ribas, legionario de Cristo, atraviesa países, lenguas y realidades muy distintas, unidas por un mismo hilo conductor: la llamada a servir. La misión no consiste solo en ir lejos, sino en vivir cada envío con la convicción de que el Evangelio puede transformar cualquier realidad cuando se anuncia con cercanía, fe y esperanza.
Para el padre Martín, la experiencia misionera no es solo un destino geográfico, sino también una forma de vivir la vocación. Salir de misión significa dejar la propia comodidad para ir al encuentro del otro, allí donde se encuentre: en una gran ciudad, en una comunidad indígena o en una parroquia de playa. Es una disponibilidad constante, una Iglesia en salida que busca formar apóstoles y acompañar a las familias en su vida cotidiana.

Padre Martín, ¿cómo llegó a la misión en la zona maya de Quintana Roo y qué le motivó a ir?
Mi primera salida de Europa fue a Monterrey, en el norte de México. Siempre había estudiado y trabajado en distintos países europeos, pero en Monterrey descubrí con más fuerza mi pasión por las misiones. Íbamos en Semana Santa y en verano con jóvenes a comunidades sencillas, y a mí me encantaba quedarme con la gente, especialmente con quienes llegaban tarde del trabajo. Sentía que la evangelización no podía limitarse a horarios cómodos.
Después pasé a colaborar en el Colegio Mano Amiga, con personas de escasos recursos. Allí impulsamos una clínica de rehabilitación para mujeres con adicciones, un pequeño dispensario médico y diversas ayudas sociales. Esa experiencia confirmó mi deseo de servir a los más necesitados.
Cuando surgió la necesidad de un sacerdote en la zona maya, acepté con gusto. Llegué primero como vicario parroquial. Desde el segundo día estaba llevando enfermos al hospital y repartiendo despensas. Me enamoré de la misión desde el inicio.
¿Cuánto tiempo estuvo en la zona maya y cuál es su misión actual?
Llegué en agosto de 2020. A los pocos días tuve que viajar a Madrid por la hospitalización de mi madre, quien falleció durante ese viaje. Después regresé y permanecí cinco años en la zona maya, atendiendo una parroquia con 35 pueblos y alrededor de 45 iglesias y centros pastorales. Éramos solo dos sacerdotes para todo.
Actualmente sigo en Quintana Roo, pero en Playa del Carmen. Aquí estoy iniciando prácticamente una nueva parroquia: contamos con una parroquia principal, algunas capillas y varios sectores donde celebramos incluso en estructuras sencillas o al aire libre. La realidad es distinta: menos comunidades mayas y más población migrante de distintos estados de México que trabaja principalmente en la hotelería.

¿Cómo fue el cambio de la selva maya a Playa del Carmen?
Ha sido un proceso de adaptación. En la zona maya, recorría cada semana varios pueblos para atenderlos al menos una vez al mes. Allí había mucha vida sacramental: bautizos, matrimonios, celebraciones. La gente, aunque menos expresiva, era muy fiel a sus tradiciones religiosas.
En Playa del Carmen, la realidad es más urbana y presenta problemáticas sociales más visibles: drogas, alcohol, violencia y promiscuidad. Pero la misión es la misma: amar y servir. Sigo apoyando a evangelizadores mayas y un programa de radio diario en lengua maya.

¿Cómo es un día normal en su vida misionera?
El día comienza con la oración. Después, cada jornada es distinta: clases de religión en una escuela, atención espiritual, bendición de casas, visitas a enfermos, acompañamiento y formación a matrimonios… Entre semana hay misas en distintos sectores, así como confesiones y reuniones con grupos apostólicos. Los sábados y los domingos están centrados casi por completo en las misas y las confesiones. En la parroquia hay alrededor de 1.300 niños en catequesis y muchos adultos preparándose para el bautismo.
¿Cómo describiría a la gente que vive allí?
Son personas trabajadoras, resilientes y muy religiosas. Muchos trabajan jornadas largas en hoteles; algunas madres de familia salen de casa a las tres de la mañana y regresan por la tarde. Las viviendas suelen ser pequeñas y costosas, y muchas familias viven con gran esfuerzo económico. A pesar de eso, hay una fuerte búsqueda de Dios. Participan en la adoración eucarística, en los rosarios y en las catequesis y colaboran activamente en la parroquia. Hay adultos que se preparan para recibir el bautismo y se nota un profundo respeto hacia el sacerdote.

En esa zona también hay brujería y sincretismo. ¿Qué ha encontrado usted?
Sí, es una realidad frecuente, tanto en comunidades mayas como en la ciudad. Hay supersticiones, devociones distorsionadas y personas que acuden a la brujería para pedir salud, dinero o incluso para hacer daño a alguien.
Nuestra respuesta como Iglesia es clara: vida sacramental, confesión, Eucaristía, oración y formación. También utilizamos sacramentales exorcizados, como el agua, la sal y el aceite. Cuando el caso lo requiere, se lleva el tema al exorcista diocesano o a profesionales de la salud mental. Muchas veces hay una mezcla de problemas espirituales, psicológicos y sociales.
He visto casos en los que la ayuda psiquiátrica, junto con el acompañamiento espiritual, ha sido decisiva para rescatar vidas. También es importante discernir bien: no todo es influencia espiritual; a veces es necesario acudir al médico o al psiquiatra. La misión exige fe, pero también prudencia.
Ante realidades tan duras, ¿cómo se sostiene espiritualmente?
Con una vida profunda de unión con Dios. La formación recibida nos enseña que no actuamos por nuestras propias fuerzas, sino que somos instrumentos en manos de Dios. La oración, la misa, el rosario, la confesión frecuente y la confianza en Dios son esenciales.
Después de estos años, ¿cómo ha cambiado su manera de entender el sacerdocio?
He comprendido que no puedo vivir en una “burbuja”. El sacerdote está llamado a servir en todos los frentes: enfermos, pobres, jóvenes, matrimonios heridos, víctimas de violencia, adicciones, etc.
Sueño con crear una fundación que perdure en el tiempo y trabaje en tres áreas principales: evangelización y formación integral; apoyo educativo para que las personas salgan adelante; y atención médica para quienes no pueden acceder a ella.
La clave es formar personas que formen a otros. No se trata de que todo dependa de uno, sino de generar una cadena de bienes que perdure en el tiempo.

¿Qué papel desempeña la familia en los problemas sociales que observa?
La familia es la base. Muchas heridas provienen de hogares marcados por el abandono, la violencia o la ausencia de los padres. Si un niño no aprende a amar desde su casa, le resultará difícil transmitir amor después.
Por eso es fundamental formar a los matrimonios y a los jóvenes en el amor auténtico. Sin una referencia clara a Dios y a la dignidad humana, se pierde el sentido moral y social. La evangelización del corazón es esencial para sanar la sociedad.
¿Qué significa hoy para usted ser sacerdote misionero?
Significa haber entregado por completo la vida a Dios y ser un instrumento suyo. El sacerdote es mediador de los sacramentos, especialmente de la confesión, que considero una de las misiones más hermosas: no solo perdona los pecados, sino que también orienta, sana y acompaña a los demás.
La misión no depende del lugar — selva o ciudad —, sino de vivir unido a Dios y de transmitir su amor. Es ayudar a las personas a salir del pecado y de los vicios, a redescubrir su dignidad como hijos de Dios y a construir una vida humana y cristiana más plena.
Sobre el P. Martín Ribas, L.C.
Nacido en Madrid, en una familia de cinco hermanos — con padre mallorquín y madre alemana —, creció en un ambiente internacional y cursó sus primeros estudios en el Colegio Alemán de Madrid. Fue durante su etapa en el colegio El Prado cuando comenzó un camino de mayor profundidad en la fe que terminaría marcando su vida.
Conoció el Regnum Christi a través de su familia, especialmente de su hermana, y pronto descubrió en ese carisma una llamada vocacional. Ingresó en la Legión en Madrid y completó su formación en Salamanca y Roma. Durante esos años realizó prácticas apostólicas en distintos países europeos, lo que le permitió ampliar su mirada pastoral y cultural.
Tras su ordenación sacerdotal, fue enviado a Alemania y Austria hasta que recibió el encargo de marchar a México, donde lleva ya trece años de misión: ocho en Monterrey, cinco trabajando con comunidades mayas y, actualmente, en Playa del Carmen.
Una vocación forjada entre Europa y América, marcada por el trabajo con familias, la vida misionera y el deseo constante de anunciar el Evangelio en contextos muy diversos. En esta entrevista comparte su recorrido, sus desafíos y la riqueza de su experiencia pastoral.
A lo largo de su recorrido — de Europa a América, de la formación académica al trabajo directo con comunidades — el padre Martín ha experimentado que la misión no es una etapa, sino un modo permanente de entrega.


