Regnum Christi Internacional

P. Pierre Salabert, L.C., rector en Roma del Pontificio Colegio Mater Ecclesiae: «Las diócesis quieren que sus seminaristas tengan una experiencia de la Iglesia universal»

El P. Pierre Salabert, L.C:, rector del Pontificio Colegio Internacional Maria Mater Ecclesiae en Roma, dirigido por los Legionarios de Cristo, comparte, en el marco del 35 aniversario del PCIMME, cómo se forman seminaristas diocesanos de más de 27 países. La experiencia internacional y la vida comunitaria fortalecen su misión pastoral en sus diócesis.
P. Pierre Salabert, L.C.: formar seminaristas diocesanos en Roma

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El P. Pierre comparte su visión sobre la formación integral, la comunión y la misión; la experiencia de formarse en Roma para servir a la Iglesia universal; la vida comunitaria y espiritual; y el acompañamiento de los sacerdotes en la formación permanente. Todo ello en estrecha sintonía con el Dicasterio para el Clero, con el fin de responder a los desafíos actuales y formar sacerdotes según el corazón de Jesucristo.

Colaboradores para la diócesis y apertura a la Iglesia universal


Cuando un obispo decide enviar a uno de sus seminaristas o sacerdotes al colegio, ¿qué espera de su diócesis al regresar? ¿Qué tipo de pastor sueña con formar?

Lo que puede esperar un obispo al enviar a un seminarista, a un sacerdote, a Roma, básicamente podría ser dos cosas, muy elementales, creo yo. La primera es muy evidente: formar a sus colaboradores. Los obispos, recordémoslo, son pastores y tienen delante de sí las necesidades del pueblo de Dios y de la diócesis que están llamados a pastorear y a gobernar. Y para eso necesitan gente preparada, gente que les colabore, ya sea una diócesis grande y muy estructurada, o una diócesis que esté naciendo.

En el Pontificio Colegio Internacional Maria Mater Ecclesiae tenemos seminaristas y sacerdotes, tanto de diócesis grandes como de diócesis apenas fundadas o muy recientemente fundadas o simplemente poco estructuradas. Y los obispos los mandan para prepararlos, ya sea para que comiencen algunas pastorales, para sustituir a quienes ya están o para reforzar las que ya existen.

P. Pierre Salabert, L.C.: formar seminaristas diocesanos en Roma
El colegio cuenta con un carácter internacional que, al mismo tiempo, es propio de la catolicidad. (Crédito de la imagen: PCIMME)

El otro aspecto importante, creo yo, es la universalidad, la experiencia de la universalidad de la Iglesia. Porque sí, los mandan para formarse. ¿Pero por qué a Roma? Roma ofrece eso, esa experiencia de la Iglesia universal que pasa más allá de la teoría y se vuelve práctica, se vuelve vida. Y en el seminario también hay una experiencia internacional.

Aquí hay jóvenes de aproximadamente 27 países, de 40 diócesis del mundo, y es una experiencia viva de la Iglesia universal: compartir la fe, una misma fe manifestada de muchas maneras. Y eso es una riqueza que sólo se puede tener aquí, en Roma. Y gracias a Dios, en el colegio tenemos ese carácter internacional y queremos mantenerlo porque es un aspecto de la catolicidad.

La cercanía con el Santo Padre también es muy importante, donde crecen el amor a la Iglesia, el amor y el sentido de comunión. Que no es simplemente saber estar juntos y respetarse, sino que es algo que nace de la misma vivencia de estar cerca del sucesor de Pedro, de la comunión con él y de la comunión con los demás hermanos en la fe. Y eso es una experiencia que muchos se llevan consigo y que los obispos agradecen y la quieren, la quieren. Quieren que sus seminaristas y sacerdotes tengan esa experiencia de la Iglesia universal.

El colegio nació para apoyar a los obispos en la formación de sacerdotes, muchos de ellos, después, llamados a acompañar a otros como formadores. ¿Cómo se vive ese servicio en la vida diaria del centro?

Sí, así es. Cuando se fundó el seminario en 1991, por deseo de San Juan Pablo II, la idea era formar formadores y lo sigue siendo. Es la idea que nos inspira a ayudar a las diócesis a preparar futuros formadores para sus diócesis, para los seminarios.

Claro, cuando un joven llega aquí al seminario y comienza los estudios de teología, lo más importante, lo que se desea en el fondo, es que sea un buen sacerdote. Si será o no formador, pues eso dependerá del tiempo, de las necesidades de la diócesis. El obispo lo manda con esa perspectiva, porque no mandan aquí a todos, mandan a algunos, y es de alguna manera – aunque pueda sonar un poco empresarial – una especie de inversión, porque dedica a un hombre que pueda hacer una mejor experiencia, para poder después llegar a compartir esa experiencia.

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Los obispos mandan a algunos de sus seminaristas para prepararlos, ya sea para que comiencen algunas pastorales o para reforzar las pastorales que ya existen. (Crédito de la imagen: PCIMME)

Y esa conciencia existe: la de aprovechar al máximo para compartir la experiencia vivida. En ese sentido, ya hay una cierta disposición para aprovechar al máximo, prepararse bien, para después compartir lo que se ha vivido dentro de tu diócesis, en tu iglesia local. Y ahí ya se ve un primer aspecto.

Luego, hay un aspecto muy concreto: la vida cotidiana. Podemos pensar que es poco, pero, efectivamente, la vida concreta del seminario va formándose. Los jóvenes que vienen aquí, gracias a Dios, vienen con muy buenas disposiciones, ya con un cierto camino trazado y un discernimiento maduro.

Por lo tanto, vienen con el deseo de aprovechar y prepararse bien. Y con ese deseo de prepararse bien para compartir lo aprendido. Llegar a un seminario estructurado, con un equipo de formadores completo y numeroso, y a una comunidad numerosa donde se puede vivir la vida fraterna, con una organización interna: todo eso va configurando un estilo de vida.

Y eso, después, ayuda a la formación; ayuda mucho. Hay seminarios muy bien estructurados, gracias a Dios, pero también hay otros que están comenzando a nacer. Entonces, la experiencia de un seminario grande, a quien está en una experiencia así, de un seminario apenas naciente, pues te va configurando un estilo de vida. Así, también se va preparando al formador.

Pero lo más importante es que lleguen a ser buenos sacerdotes. Y al llegar a ser buenos sacerdotes, puedan ser efectivamente buenos formadores, sea en su seminario, sea en sus parroquias.

Al final, todo sacerdote, de alguna manera, es formador, pues comparte con Cristo la misión de ser maestro de la fe. Claro, es más evidente cuando ya comienzan a cursar una licenciatura, por ejemplo, o en el caso de los sacerdotes, incluso en el doctorado. Ahí ya se ve más claro que van a ir destinados o a apoyar a una pastoral muy concreta, por ejemplo, el derecho canónico en el tribunal eclesiástico, o dentro de la curia diocesana, o al seminario como profesores. Entonces, ahí ya el perfil de formación se ve más claro.

Entonces se trata de cuidar mucho la vida cotidiana y cuidar mucho la vida espiritual. Eso es importante. Yo creo que algo que tanto esperan los obispos y las iglesias es que sean hombres de Dios. Y, siendo hombres de Dios, ellos podrán formar a otros en esa experiencia de Cristo, porque, al final, es la experiencia de todo apóstol: hacer la experiencia del Señor para transmitirla. Nuestro Señor ha querido, en su omnipotencia, que sea la mediación humana la que transmita la fe. Y eso no es diferente en la formación sacerdotal. Es también la experiencia con Cristo la que nos hace constituirnos en testigos de una experiencia vivida de la misericordia, que nos llama a participar a otros en esta experiencia de fe.

Los obispos mandan a algunos de sus seminaristas para prepararlos, sea para que comiencen algunas pastorales o para reforzar las pastorales que ya existen. (Crédito de la imagen: PCIMME)
Los jóvenes que llegan al colegio llegan con muy buenas disposiciones, con un cierto camino hecho y un discernimiento maduro. (Crédito de la imagen: PCIMME)

Roma ensancha la mirada y fortalece la comunión


Al inicio mencionaba la importancia de estar en Roma. Vivir en Roma no es solo estudiar. ¿Qué cambia en un seminarista diocesano al experimentar de cerca la vida de la Iglesia universal? ¿Qué suele descubrir sobre su propia diócesis al estar lejos de ella?

La experiencia de formarse en Roma es la de crecer y alargar horizontes, horizontes de perspectiva y de visión de la Iglesia, sin duda. El joven sale de su ambiente familiar, de su ambiente parroquial o comunitario, y de ahí pasa al seminario, al ambiente diocesano, y va creciendo su experiencia de fe y su visión de la Iglesia. Claro, al venir a Roma, una experiencia universal, sus horizontes crecen muchísimo.

Muchos dicen: yo pensaba que la Iglesia era solamente mi diócesis o mi parroquia, y se dan cuenta de que la Iglesia es mucho más grande. Y esa experiencia de crecer en horizontes es muy positiva, porque hace ver la grandeza del misterio de la fe, la grandeza del misterio de la Iglesia y la realidad de la comunión, porque la comunión se vuelve algo muy concreto cuando es una verdadera diversidad en la unidad.

Y lo que aporta a la propia diócesis es valorar lo propio, porque no se trata de negar lo que tienes, sino de encontrarle su lugar en el hermoso mosaico que es la Iglesia.

Y la experiencia que tenemos es la de sacerdotes, una vez formados, muy cercanos al obispo, muy hermanos de sus hermanos sacerdotes, muy fraternos y con un gran espíritu de comunión. Porque yo creo que es lo que nos ofrece la experiencia de estar aquí, de estar en Roma, de estar con otros hermanos de otros países y de otras diversidades de la Iglesia universal, que nos hace ser hermanos e ir más allá de nuestras diferencias culturales y unirnos por lo único que nos une, que es nuestra fe en nuestro Señor, que es mucho más fuerte.

Yo les digo muchas veces a los seminaristas: lo que nos une es mucho más eterno que lo que nos puede dividir, porque todos podemos decir en la misa: «esto es mi cuerpo» y lo decimos con la misma verdad. Y es en el amor a Cristo donde encontramos toda esta unidad y en el amor a la Iglesia.

Yo creo que es una experiencia muy rica, que no les hace perder para nada su identidad diocesana; al contrario, crecen mucho en ella, valoran mucho lo que es propio, pero saben contextualizarlo en el amplio mosaico de la belleza de la Iglesia universal. Es una experiencia muy enriquecedora para todos.

Hoy la Iglesia necesita sacerdotes que sepan construir comunión. ¿Desde su experiencia como rector, qué ayuda realmente a un joven a convertirse en ese tipo de pastor?

Formar en la comunión sí es el gran desafío; es el gran reto que tenemos. Yo creo que lo hemos tenido siempre, pero hoy se agudiza mucho porque vivimos en una sociedad cada vez más individualista. Además, los jóvenes crecen cada vez más solos y metidos en su mundo.

Y ahí está el desafío: no solo por una cuestión de madurez personal, sino también por la conversión del corazón. El camino formativo, en realidad, ayuda mucho al joven a formarse en esta línea. Ya desde el inicio, cuando comienzan los encuentros vocacionales en sus diócesis, el seminario propedéutico es una experiencia de comunión.

Los obispos mandan a algunos de sus seminaristas para prepararlos, sea para que comiencen algunas pastorales o para reforzar las pastorales que ya existen. (Crédito de la imagen: PCIMME)
La cercanía con el Santo Padre es algo también muy importante, donde crece el amor a la Iglesia, crece el amor y el sentido de la comunión. (Crédito de la imagen: PCIMME)

Hay muchos jóvenes que son hijos únicos y empiezan a tener que vivir con otros de su edad, sus coetáneos, y vivir una experiencia de fraternidad. También compartir la misma vida, la misma casa, la misma comida, el mismo lugar. La experiencia formativa les va haciendo crecer en ese sentido de ser Iglesia, de vivir para los demás.

Y ese es el camino de la formación. Ayuda mucho saberse y valorarse a sí mismo, así como valorar a la propia persona como un don para los demás. Saber que puedo contribuir y marcar la diferencia en la vida de muchas personas. Entender mi vida como un don para el bien de los demás y entregarla a los demás favorece mucho la comunión.

Saber también que, efectivamente, no soy el único y que esto lo ofrece la vida comunitaria. Y aquí, en Roma, en concreto, ayuda mucho la experiencia de estar todos fuera de la propia patria, donde se siente, de alguna manera, la necesidad de apoyarnos mutuamente. Aunque somos de distintas naciones, se crea un bonito clima de familia porque somos todos un mismo colegio; estamos todos unidos en esta misma casa donde rezamos, donde comemos, donde compartimos.

Pero también donde nos apoyamos y donde todos podemos sufrir las mismas dificultades de estar lejos, de la dificultad de la lengua, incluso las dificultades a veces económicas, porque una cosa son nuestras naciones y otra cosa es Europa, donde puede ser un poco más caro todo.

Y esa misma necesidad común también nos hace crecer en solidaridad. Y eso va formando mucho en la comunión concreta de todos los días y en la comunión más profunda, que es la comunión espiritual.

Gracias a Dios, uno de nuestros grandes pilares es la vida espiritual y es ahí donde se construye la verdadera comunión. No es tanto estar juntos nosotros, sino donde cada uno camina hacia Cristo, donde cada uno se va uniendo más a Cristo. En la medida en que estamos más unidos al Señor, más unidos estamos entre nosotros mismos. Y la vida espiritual es uno de los grandes pilares de nuestra formación.

Una Iglesia viva: vocaciones, culturas y dinamismo de la fe en el mundo


El número significativo de estudiantes provenientes de la India es una realidad muy visible en el colegio. ¿Qué aporta esa presencia a la comunidad? ¿Qué ha aprendido usted sobre el dinamismo vocacional de la Iglesia en la India?

Efectivamente, la presencia de los seminaristas en la comunidad del Mater Ecclesiae es numerosa. Ha ido creciendo con los años. Primero se distinguía la de México, que era de muchos seminaristas; después, Brasil también creció mucho, Colombia, Venezuela, todos los países en los que había más. Pero luego fueron disminuyendo las vocaciones en Occidente y en América Latina también, y entonces fueron creciendo otras comunidades.

En realidad, tenemos un reflejo de lo que es la vida de la Iglesia. El secretario del Dicasterio del Clero, que nos visitaba, decía que, en realidad, el colegio es un reflejo de lo que ocurre en la Iglesia. Cuando le preguntaban si no había vocaciones, por qué la crisis de las vocaciones, él decía: bueno, crisis en Occidente, porque en Oriente no es así. Y es verdad, ahí tenemos India, Vietnam y Nigeria.

P. Pierre Salabert, L.C.: formar seminaristas diocesanos en Roma
En el colegio hay también algunas ceremonias con diversos ritos, según las procedencias de los alumnos, con lo cual eso enriquece también la experiencia eclesial. (Crédito de la imagen: PCIMME)

Es interesante: en esos países ha crecido mucho la fe y las vocaciones han crecido junto con la fe. Claro, es una Iglesia minoritaria, una Iglesia perseguida, una Iglesia de un testimonio muy vivo, y eso se traduce en una vida cristiana más auténtica y, por tanto, también en las vocaciones. Y es lo que vemos: un cristianismo vivido con autenticidad, con sentido de comunión y de comunidad.

Y eso es una de las grandes aportaciones que la presencia de los seminaristas aquí en el colegio puede hacer. Nosotros, en Occidente, somos más bien individualistas, pero ellos tienen un gran sentido de la comunidad, y eso va enriqueciendo, porque su testimonio, también de trabajar en conjunto y de cuidarse unos a otros, es un testimonio que también los demás seminaristas de otros países toman y valoran.

De la experiencia vocacional, podría decir dos cosas. Básicamente, la fe de las familias de la India. Ahora que estuve de visita, pude constatarlo de primera mano. Me impresionó mucho que en todas las casas que visité siempre había un altar con una imagen de la Virgen, de San José y del Sagrado Corazón.

Y en ese altar, la familia se reúne a rezar todos los días; todos los días, a las seis de la tarde, se reúnen, rezan el rosario y después cenan las familias cristianas. Claro, en un lugar así, cómo no van a florecer las vocaciones, cómo no va a haber una vida cristiana.

Se trata de una vida cristiana que se expresa mediante una presencia real en la sociedad. Aunque son minoría, la influencia de la Iglesia es muy significativa; por ejemplo, en Kerala, donde estuve, su impacto en la vida social es muy grande. Tienen muchos hospitales, muchas escuelas y universidades, muchas obras sociales, e incluso obras que contribuyen a la economía, como cooperativas agrícolas.

Y todo esto para el bien de las personas, sin distinguir entre cristianos o no cristianos. Todo el mundo puede beneficiarse. Es una vida cristiana que se traduce en una caridad organizada que se refleja en la sociedad y permea la sociedad, la educación y el ambiente, y eso se traduce en vida.

Entonces, eso es una buena contribución no solo para la vida vocacional, sino también para la presencia de la vida cristiana. Yo quedé muy impresionado por el viaje, muy agradecido también a Dios por poderlo haber vivido, y eso me permitió conocer mejor la realidad de los seminaristas que tenemos aquí y acompañar mejor su formación, entender también sus raíces para poder acompañar mejor.

En la India conviven distintas tradiciones litúrgicas. Algunos pertenecen al rito siro-malabar y otros al rito latino. ¿Cómo se vive esa diversidad dentro del colegio? ¿Qué enriquece a la comunidad poder celebrar y conocer distintas tradiciones litúrgicas de la Iglesia?

Sí, en la India hay varias tradiciones y familias litúrgicas. Aquí en el colegio tenemos seminaristas del rito siro-malabar, que son los más numerosos en la India. Después tenemos el rito siro-malankar, que es otro grupo, no tan numeroso, pero también presente en la India.

De otros lugares ya tuvimos antes greco-católicos, melquitas o maronitas y, evidentemente, los latinos. Pues es una riqueza en la que se constata lo que hablábamos antes: la universalidad de la Iglesia y para muchos es la primera vez. Es decir, para muchos de los que venían, por ejemplo, de América Latina, ni se imaginaban que esto pudiera existir.

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El P. Pierre Salabert, L.C., otorgando un reconocimiento al Card. George Jacob Koovakad, de la India, perteneciente al rito católico siro-malabar. (Crédito de la imagen: PCIMME)

Y al ver esta variedad, es solamente la maravilla de la grandeza de nuestra fe, que, con tantas manifestaciones culturales, es la misma fe en Jesucristo, la misma Eucaristía, los mismos sacramentos. Es realmente toda una belleza lo que se puede vivir.

Y para todos es una riqueza y, para muchos, un gran descubrimiento cuando podemos compartirlo. Tenemos aquí algunas ceremonias; no son muchas, en realidad, pero también tenemos oportunidades de celebrar en los diversos ritos, lo cual enriquece la experiencia eclesial y la experiencia católica de todos los que estamos aquí en la casa.

Desde 2005 también se acoge a sacerdotes que vienen a Roma para estudiar y seguir formándose. ¿Qué inquietudes traen estos presbíteros y cómo les sirve el colegio?

Sí, la experiencia con sacerdotes diocesanos comenzó con el Colegio Juan Pablo II, que abrimos primero en Castel de Guido; la Legión de Cristo abrió allí y después pasó al centro de Roma, cerca de Santa Andrea della Valle. Por diversos motivos se tuvo que cerrar ese colegio.

Y los sacerdotes que entonces estaban hospedados ahí pidieron hospedarse, algunos de ellos, en el Mater Ecclesiae, en el seminario, y comenzó siendo una especie de convivio sacerdotal para ellos y fueron añadiéndose cada vez más. Entonces la Santa Sede nos pidió institucionalizar esto.

Y fue así que se reabrió la experiencia con sacerdotes diocesanos, ahora ya no como Juan Pablo II, sino como la comunidad sacerdotal en formación permanente del Colegio Mater Ecclesiae.

Y ha sido una experiencia muy positiva, muy enriquecedora. Lo que se pretende con esta comunidad es ofrecer a los sacerdotes un ambiente fraterno, donde puedan vivir esa comunión sacerdotal a medida que avanzan en sus estudios, y también un ambiente en el que puedan cuidar su vida espiritual.

La formación permanente no es solamente continuar con los estudios, sino dar continuidad a la vida del sacerdote, y es lo que pretende la comunidad sacerdotal: continuar con ese cuidado del propio ministerio, cuidar del propio sacerdocio.

Los padres pueden tener también sus experiencias pastorales en algunas parroquias y, de hecho, lo hacen. Su labor principal, efectivamente, es el estudio, pero mantienen esa fraternidad sacerdotal, que es tan importante en la vida de cualquier ser humano: tener un amigo, y más aún para un sacerdote, contar con un hermano sacerdote que le apoye.

Y cuidar también de su vida espiritual: tener momentos de oración en común y contar con el acompañamiento espiritual.

Entonces, lo que se pretende y lo que ellos buscan es mantener su fervor sacerdotal en medio del ambiente de estudios, que es la labor principal que tienen ahora y por la cual los obispos los envían a estudiar a Roma.

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Seminaristas africanos en una posada navideña del colegio. (Crédito de la imagen: PCIMME)

En sintonía con la Iglesia: formar según el corazón de Cristo


Después de varios años como rector, ¿mantiene comunicación con los egresados? ¿Qué siente cuando los ve salir adelante en sus diócesis?

Sí, la experiencia con los exalumnos es uno de los mayores consuelos que se tienen. Gracias a Dios he podido convivir con varios y, en todos estos años — ya son más de 20 años que trabajo en la formación, 10 años de rector en Brasil y luego los años que tengo aquí en Roma, primero de formador y ahora de rector —, la satisfacción es muy grande al poder ver a los padres que están ejerciendo su ministerio, que están haciendo tanto bien, que se entregan con tanto celo.

Es muy bonito experimentarlo: verlos muy felices, muy realizados en su sacerdocio. Gracias a Dios, es un buen número de los que están haciendo este trabajo tan bonito. Muchos de ellos trabajan en seminarios y resulta muy satisfactorio encontrarlos.

Ahora que estuve en la India, por ejemplo, fue muy bello verlos donde están trabajando: algunos de ellos en el seminario, otros en iniciativas pastorales de la diócesis, como hospitales; y algunos de ellos, párrocos.

Todo ese celo que ellos tienen, esa alegría, ese entusiasmo, da mucho gusto verlo. Es una gran satisfacción para nosotros y es una de las cosas que se agradecen: poder ver también el fruto del trabajo, que no es nuestro, es de Dios, pero hemos contribuido en algo, por lo menos acompañándolos y sosteniéndolos en el inicio de su vocación, y Dios va haciendo su obra.

Nosotros somos apenas una parte y es una gran alegría poder colaborar con el Espíritu Santo en la edificación del Reino, en las personas concretas que después se convertirán en evangelizadores y en sacerdotes.

¿Podría compartir el testimonio de algún exalumno que hoy sirva como formador o incluso como obispo ? ¿Hay alguna historia que, a su juicio, sintetice el servicio eclesial que ofrecen?

Hasta ahora, hemos tenido 1.270 exalumnos, si no me equivoco, sacerdotes ordenados, de los cuales 12 son obispos. No es que conozca la historia de todos, pero he podido convivir con varios, sobre todo en Brasil, en México y en la India; también he podido ver algunos en Colombia y en El Salvador.

Las experiencias son de lo más variadas, pero hay algo que sintetiza y lo muestra bien. Me acuerdo mucho de uno que me hizo mucha impresión, de Alepo, en Siria. Durante los primeros ataques de ISIS hace algunos años, era el exvicario general de la diócesis, muy joven.

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A lo largo del año, se festeja cada mes el cumpleaños de los seminaristas, como un modo de fortalecer también los lazos de fraternidad y compañerismo entre ellos. (Crédito de la imagen: PCIMME)

En un momento dado, alguno de los formadores le preguntó, ante los ataques, por qué no se refugiaba ni se iba, si había gente que podía ayudarlo. Y él respondió simplemente así: «No, padre, no puedo irme, porque ustedes me enseñaron que el pastor da la vida por las ovejas».

Y él se quedó ahí, en Alepo. Gracias a Dios, está bien; no le sucedió nada, pero su ejemplo de autenticidad en el sacerdocio y de imitación de Cristo, buen pastor, me conmovió mucho.

Es un ejemplo muy concreto, no tanto de un trabajo espectacular como de una actitud. Y creo que es la actitud de muchos de los padres: estar ahí, dedicarse a su pueblo, dedicarse a su gente, cada uno en la función en la que se encuentra, haciendo la mejor labor por la Iglesia.

Como digo, hay muchas historias, hay muchos ejemplos de padres, pero este me impresionó mucho y es el que ahora me viene a la mente.

Mirando hacia adelante, ¿qué ve que la Iglesia pida hoy a un colegio como el PCIMME? ¿En qué necesita crecer para servir mejor a las diócesis en los próximos años?

El Mater Ecclesiae, en cuanto al Colegio Pontificio, depende directamente del Dicasterio para el Clero, que es el organismo de la Santa Sede que acompaña la formación del sacerdote desde el seminario y la formación permanente.

Trabajamos muy estrechamente con ellos; de hecho, la última versión de los Estatutos del colegio, que ajustamos a la nueva publicada en 2016, siempre fue elaborada en colaboración con el Dicasterio para el Clero. Buscamos mantener ese contacto, que vengan, que conozcan y que nos den sus orientaciones.

Entre esas orientaciones, lo que hoy puede pedir la Iglesia a un colegio como el nuestro es mantener la visión integral de la formación. Porque en una ciudad como Roma la tentación de centrarlo todo en el aspecto académico es fuerte. Aunque este aspecto es muy importante porque los seminaristas vienen a estudiar y a formarse aquí, no podemos dejar de lado las otras dimensiones de la formación.

Entonces, mantener ese equilibrio de la formación integral es fundamental, y no centrar todo en el calendario académico, sino en la madurez del joven como discípulo de Cristo y en su configuración con la persona del Señor, preparándose para configurarse con el Buen Pastor.

Aquí se une también la insistencia del Papa León XIV desde el inicio: formar el hombre interior, que sea hombre de Dios, hombre de oración, hombre que tenga una relación muy cercana con Dios, con Jesucristo. Eso es lo más importante.

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El P. Carlos Gutiérrez, L.C., director general de los Legionarios de Cristo, con todo el equipo formador del Pontificio Colegio Internacional Maria Mater Ecclesiae. (Crédito de la imagen: PCIMME)

Yo creo que es lo que la Iglesia espera y pide: el sacerdocio de siempre. Lo que se pide es que sean sacerdotes como lo pide la Iglesia, es decir, sacerdotes según el corazón de Jesucristo.

Creo que de esta manera podemos servir a la Iglesia y a las diócesis en los próximos años y siempre.

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